“El spleen de París” de Charles Baudalaire: arte, amor, sexo, vino, opio y paraísos artificiales para sobrevivir al tedio de la existencia – (Ensayo)

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“El mundo se va a acabar… demando a todo hombre que piensa que me muestre lo que subsiste de la vida… La ruina universal no se manifestará particularmente en las instituciones políticas… Lo hará en el envilecimiento de los corazones”.

Charles BaudelaireFuséese

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ealizar una acertada lectura de Charles Baudelaire y en particular de su obra El spleen de París o Pequeños poemas en prosa, implica ante todo poder leer esa modernidad que con oficio de alfarero va preformando la vida y existencia del poeta, ese proceso que el propio maldito experimentará a través de los ojos y la sensibilidad del flaneur; y será la modernidad un terrible monstruo que funcionará como motor de la voluntad del poeta, y razón por la cual, a la vez de celebrarla procurará desesperadamente crear caminos con formas de vías de esperanza para poder huir de ella, aun teniendo en consideración desde el principio que el desenlace final ineludible sea el tan temido Tedio. Por su parte el poeta francés enfrentará la cotidianidad en palabras de Darío Sztajnszrajber “desde la estetización de la existencia”[1], y hará lo propio no sólo a través de la afilada mirada del flaneur paseante sino también desde la pose de la seducción y de la provocación cínica hacia todo valor tradicional, propia del dandy.

El camino de lectura que esbozaré a continuación tendrá como eje la selección de algunos textos de El Spleen de París, cuya lógica y razón de ser será explicada a partir de distintos tópicos que rodean la obra y la vida de Charles Baudelaire. En particular esta propuesta estará atravesada por los dos caminos “de rebelión del propio Baudelaire contra el mal, en sus múltiples manifestaciones”, el primero de la liberación por medio del ideal y por la vía satánica, presentados por Manzano en “El artista como flaneur”[2]. Esta perspectiva tiene su origen en la posibilidad de pensar cierto rasgo de la obra baudelaireana (en particular presente en Las flores del mal y El spleen de París) como una suerte de  aliento hacia la rebelión. “En la bohemia, que Baudelaire frecuentaba, era de buen tono mostrarse cínico con los de arriba y alentar la rebeldía en los de abajo”[3]. En febrero de 1848 estalló en París la Tercera Revolución, que tuvo como resultado final la instauración de la Segunda República Francesa, Baudelaire acudió a las barricadas acompañado de su atuendo de dandy y con un moderno fusil agitó al pueblo. Su padastro huyendo de la revuelta social, tomó un cargo como embajador en Estambúl y se marchó con la madre del poeta. Pero prontamente Luis Napoleón escalaría como presidente el trono imperial y permanecería allí tres años, cosa que indignaría a Baudelaire porque de alguna manera era una vuelta a lo mismo.Paris.jpg

La modernidad como el propio autor menciona en las palabras de dedicatoria a su amigo, que funcionan como introducción a la obra, será la mayor problematización de la literatura del francés, la dicotomía planteada en términos del viejo mundo y el nuevo mundo que chocan y colisionan ferozmente; dicotomía que se potencia con la revolución francesa de 1789 (desde una perspectiva política y social), y con la repentina escalada y apogeo del capitalismo industrial de mediados de siglo XIX (desde lo tecnológico y lo social); dicotomía que será superada en razón del dominio absoluto del nuevo mundo de la mano del imperio de la “novedad” o lo “nuevo” como máxima premisa o normativa. Para Baudelaire que atraviesa casi de lleno el proceso de la etapa del capitalismo en desarrollo, ya que nace en 1821 y muere en 1867, “El problema central es la experiencia de lo moderno, el clamor de un tiempo que no puede comprender, la conciencia de lo transitorio”[4]. El tiempo dentro de la modernidad es transitorio, va pasando a cada instante sin detenerse, lo efímero es arrollador y nunca se termina de comprender, nunca termina uno por lograr instalarse en ningún lado. “Nuestro cerebro no está hecho para un mundo que está cambiando tan velozmente”[5]. Lo característico de la modernidad es la transformación y esta constante se vuelve insoportable, angustiante.

Como escribe en Las flores del mal: “El viejo París no existe más (la forma de una ciudad cambia más rápido ¡ay! que el corazón de un mortal)”[6]. Esa sensación de opresión es la de melancolía, la de spleen o tedio, de abulia, vómito en términos de Heidegger, o náusea en palabras de Sartre. La lucha sin descanso contra el tedio o como lo propone Manzano en un principio contra el mal, serán los cimientos sobre los que el autor edificará su vida y su obra. Por otra parte también podemos invertir la cuestión y pensar que con su arte en un primer momento Baudelaire encabeza una batalla contra el mal a través de distintas vías de esperanza o de huida: el arte, el amor, el sexo, la fusión entre multitudes o los paraísos artificiales (vino, opio, drogas); fracasadas todas esas vías, tenemos al poeta en pleno estado de spleen, en un absoluto tedio contra la existencia, de hastío metafísico.

Estas vías de esperanza o de huida desde la mirada particular del presente trabajo, se pensarán dentro de dos categorías, aquellas propias de una perspectiva idealista, y las propias de una perspectiva materialista en términos filosóficos. En el Escritor y sus fantasmas, en un apartado titulado “Sócrates, Baudelaire y Sartre”, Ernesto Sabato presenta una tesis cuanto menos polémica (bien característico de su genio) pero interesante; piensa en Sócrates y Sartre como dos hombres “feos, los dos odian el cuerpo, los dos ansían un orden espiritual perfecto”[7], no es de sorprender entonces, continúa, que Sócrates sea el mentor del platonismo. Dicha corriente no podía ser pensada por arcángeles incorpóreos sino por hombres como los griegos, que en el caso de Sócrates tenía todos los vicios pintados en su rostro. La filosofía de Sartre está inundada por un el culto a la infecundidad, por la obsesión de un mundo helado y cristalino, por un platonismo patológico. A Baudelaire lo coloca en el mismo lugar, pareciera que existe un intento desesperado de a través de lo ideal huir de lo material, del cuerpo, del objeto, del mundo en sí mismo. En razón a ello dividiremos las vías propuestas por Manzano, en vías de esperanza ideales y vías materiales.

Entre las vías ideales se destacan ante todo la cuestión del arte y del amor. “El extranjero” (I) es el primer poema a partir del cual la creación del francés levanta su telón. En el mismo observamos una concepción del arte cercano a la vida en términos de las vanguardias, y a su vez un compromiso con lo estético y la figura de lo ideal. En se pequeño poema irradia su hastío contra la familia, la patria, el dinero y dios, es decir contra los valores tradicionales de la moral aristócrata y burguesa hasta ese entonces. Ofrece un culto imperioso a la belleza (“bien la querría ya que es diosa e inmortal”), la estética y lo límpido: “-Entonces a quién quieres raro extranjero: -Quiero a las nubes…, a las nubes que pasan… por allá; ¡a las nubes maravillosas!”. Ese ataque dirigido desde la pose del dandy hacia la nacionalidad y hacia la patria que puede ser considerado “El extranjero”, se refuerza en los versos finales de “Un gracioso” (IV), el poema en que se cuenta el suceso en que un “señorito enguantado, charolado, cruelmente acorbatado y aprisionado en un traje nuevo, se inclinó, ceremonioso, ante el humilde animal, y le dijo, quitándose el sombrero: -¡Feliz y próspero año nuevo!”, y frente al hecho concluye: El asno no vio al atildado bromista y celosamente siguió corriendo hacia donde el deber lo llamaba. Pero a mí, en un súbito ataque de furia contra el magnífico imbécil, me pareció que concentraba todo el espíritu de Francia”. Fundir en un mismo párrafo la magnífica imbecilidad y el espíritu de Francia, pone de manifiesto cuál es la mirada que tiene el poeta o al menos el yo lírico para con su patria, y de alguna manera se perfila hacia la misma línea que “El extranjero”.

Una de las cuestiones fundamentales en El spleen de París, es ese romper con las formas tradicionales sobre todo del romanticismo, así como también experimentar un profundo cambio desde el fondo o contenido. En esa ruptura Baudelaire no reniega del todo de la estética romántica, sino que encabezará una nueva perspectiva literaria, pero ya por ejemFlaneur - Dandy.jpgplo no se quedará anclado a la fascinación y obsesión del anterior movimiento con la naturaleza sino que trasladará su escenario a la ciudad, como asegura Benjamin “va a hacer una botánica al asfalto”[8]. Lo mismo sucede en cuanto a su poética: “¿Quién es aquel de nosotros que, en sus días de ambición, no ha soñado el milagro de una prosa poética, musical sin ritmo y sin rima, lo bastante flexible y lo bastante golpeada como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”[9]. Además de cambiar el lenguaje elevado y sublime propio del romanticismo por uno más moderno, común y ciudadano, también intenta modificar los géneros, hasta en este asunto desea ser “absolutamente moderno”. Por otra parte una cuestión interesante resulta ser que la ciudad, a pesar del ser el eje central de estos poemas, no se encuentra descripta de manera explícita no hay pasajes que hagan alusión directa a ella de manera minuciosa.

Otra razón paradojal en la escritura de Baudelaire y en su concepción del arte, será la conciencia de saberse ocioso. Como asegura Walter Benjamin “En la sociedad feudal, las distracciones del poeta son un privilegio reconocido. Al contrario, una vez que la burguesía asume el poder, el poeta se encuentra siendo el ocioso por excelencia. Esta situación no ha tenido lugar sin provocar una angustia notable”[10]. Benjamin explica que fueron muchas las tentativas de escaparle a esta etiqueta de ociosidad, algunos poetas como es el caso de Víctor Hugo fueron de alguna manera los sacerdotes laicos de la burguesía, otros se contentaron con el recurso de una escritura fácil para asegurar su popularidad, finalmente al igual que Gautier otros se refugiaron en el arte por el arte. Baudelaire, siempre a contramano, no se compromete con ninguna de estas vías. Se investirá del uniforme y la pose del dandy, se hará de la mirada sensible característica del flaneur y casi fotográfica, y tomará la resolución de gritarle al mundo acerca de “su existencia ociosa, desprovista de identidad social; hace de su aislamiento social una insignia. Elevó la ociosidad al rango de método de trabajo, de su propio método”[11]. Se convierte plenamente en un extranjero. Por otra parte, cierto anclaje en los románticos que lo aleja de la modernidad será la cuestión de exaltar el “«¡Detente instante, eres tan bello» de Goethe”[12].   

Es quizás en “El ‘Yo culpable’ del artista” (III), en que podemos observar esa conciencia de ociosidad del poeta, así como también el quiebre del mismo para con la naturaleza: “¡Qué penetrantes son los atardeceres de otoño! ¡Ay! ¡Penetrantes hasta el dolor! Pues hay en él ciertas emociones agradables, no por ambiguas menos intensas; y no hay punta menos acertada que la de lo infinito”. “Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. La insensibilidad del mar, lo inmutable del espectáculo me subleva… ¡Ay! ¿Sufrir eternamente, o huir de lo bello eternamente?”. “¡No tientes más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer derrotado”. Aquí vemos como la búsqueda eterna de la belleza presupone en el artista su condición innata de ocioso, y a su vez la razón fundamental de todo su padecer. Son el “Yo culpable” y la naturaleza algo de lo que se debe huir para refugiarse en la fealdad de la ciudad, pero el artista no puede evitarlo y retoma su búsqueda platónica de la belleza ahora en la ciudad, nuevamente se refugia en el arte y en el amor.Baudalaire“La desesperación de la vieja” (II), segundo texto en orden de aparición, nos rebela de alguna manera esa preocupación estética de Baudelaire y a su vez la búsqueda de lo belleza a través de lo fealdad, del ideal más allá de lo material y perecedero, esa constante contradicción entre el ideal buscado a través del valor de lo bello en contraposición de la bondad o el bien (ético). Esa anciana representa esta dualidad baudelaireana, el choque de dos virtudes la belleza contra la bondad, pero ¿cuál es la verdad última? “-¡Ay! Ya pasó para nosotras hembras viejas, desventuradas, el tiempo de gustar incluso a los inocentes, ¡y hasta provocamos espanto a los niños pequeños cuando vamos a darle afecto!”. El bebé es la representación plena de un estado ideal absoluto, síntesis de belleza y bondad, la anciana a través del paso del tiempo sólo puede encarnar a la bondad, pero en su acto de ofrecer afecto, es despreciada por su fealdad. Es a partir de esta condición de saberse “feo” que Baudelaire inicia la estetización de la vida. Finalmente  esa anciana nunca podrá ser la representación de la fealdad, porque resulta ser la encarnación de la idea última del bien en términos platónicos.

La misma tensión de virtudes puede contemplarse en “El espejo” (XL), donde un hombre horrible se mira al espejo, y otro le pregunta para qué se mira si no se verá más que disgusto. El feo le dice entonces que desde los principios inmortales de la Revolución francesa del ’89, todos los hombres son iguales en derechos, por ende “tengo derecho a mirarme con agrado o con disgusto, ello no compete más que a mi consciencia. En nombre del buen sentido yo tenía razón, sin lugar a dudas; pero desde el punto de vista de la ley, él no estaba equivocado”. Retomando la tesis de Sabato, en Baudelaire, existe el mismo anhelo de limpieza que en muchos otros “pecadores de la carne que se sienten culpables, el odio diurno a lo carnal, reverso exacto de su pasión o debilidad nocturna. El poeta maldito siente asco por el mundo orgánico y ansía “un universo límpido, el de la música y la geometría”. (…) El ser humano resulta así una ambigua y dramática lucha entre la determinación del universo físico y la libertad de conciencia”. De este hecho se derivan consecuencias que manifiestan por ejemplo el pudor, la cuestión del vestido y la simulación. Al vestirse, al disimular, se trata de despistar al enemigo concluye Sabato.

Baudelaire será entonces un apologista del dandismo-artista. “Un dandy es un esteta, y la filosfía del dandy es el esteticismo”[13]. Pero más allá del afán de ponderar el valor de lo bello por sobre los demás valores, la belleza no está puesta en lo estético sino en la idea del bien platónica. La estetización de la existencia que trabajaba el autor gira en torno a reinventarse todo el tiempo a uno mismo. Y a la vez “se estetiza así la ética, ser bueno es tener la apertura para renarrarse a sí mismo. Hay una búsqueda donde la belleza de crearse a sí mismo se vuelve un propósito ético, con una desconfianza sobre el valor tradicional con el que ya no se siente cómodo”[14]. Ese personaje que menosprecia las leyes establecidas y las infringe voluntariamente, es el que erigirá la denuncia contra los de su propia clase e irradiará un exacerbado desprecio a la tradición burguesa y aristócrata. El dandy-artista, además de ostentar, es intelectual, y desde esa posición seduce, alcanza su objetivo y sigue seduciendo. Nunca termina de estabilizarse, de anclarse, es la representación de la modernidad. Pero el propósito no es la acumulación, el dandy lo que gana lo suelta, se trata de una vivencia efímera.

Esa crítica a la estética de acumulación y mercantil propia del capitalismo y la burguesía puede observarse en “La moneda falsa” (XXVIII). Uno de los dos personajes resulta ser un burgués, que frente a la desesperante solicitud de clemencia por parte un mendigo pareciera brindarle una limosna sumamente generosa, pero finalmente se trata de una moneda falsa, y lo confiesa a su amigo sin remordimientos y descaradamente. De alguna manera pareciera que quiere “comprar” el cielo de forma gratuita, haciendo un muy buen negocio. Su amigo lo condena y concluye que tal acto de maldad reside en la imbecilidad de su amigo: Nunca hay excusas para ser malvado, pero tiene cierto mérito reconocerse como tal: el más irreparable de los vicios es hacer mal por estupidez”. A gran escala, la conclusión que puede sustraerse, es que todo dinero resulta ser falso, y no es El spleenmás que el valor por el cual el capitalismo estará dispuesto a dar algo en retribución de otra cosa, pero las reglas del juego la pondrán quienes las crearon. El burgués pone las reglas de juego, y el valor de la limosna es de dos francos, pero el valor real es la nada.

Abordando el camino del amor, como vía ideal de esperanza, Baudelaire expone una vez más su principal faceta: la contradicción. En “La mujer salvaje y la pequeña amante” (XI), de cara al concepto de mujer representado por lo que podría ser la típica esposa burguesa, vomita su hastío frente a la insatisfacción femenina constante (propia de esta clase) frente a todo. Y el argumento que utiliza, si bien el modo en que lo expone resulta ser algo “violento”, es tal vez noble, porque de alguna manera les está diciendo a cierta casta de consentidas: “mirá lo que es una vida realmente mala”, y presenta como eje de sus cavilaciones la existencia de la denominada “mujer salvaje”, de origen pobre que no es más que ni siquiera propiedad, sino directamente un animal al servicio del hombre. Frente a esa realidad el yo lírico concluye, ¿de qué te estás quejando? “Al verla así, mi frágil belleza, con los pies en el fango y los ojos húmedos mirando el cielo como pidiendo un rey, usted parece una rana joven invocando al ideal. Si desprecia al nulo, que es lo que ahora yo soy, ¡ojo con la cigüeña que la masticará, la tragará y la matará a su antojo! «Poeta al fin, no soy tan tonto como cree y si me cansa demasiado con sus preciosos lloriqueos la voy a tratar como mujer salvaje o la tiro por la ventana como envase vacío»”. El cierre resulta ser por lo menos repudiable, pero de alguna manera funciona como alegoría del hastío metafísico baudelaireano frente a todo.

El arte y la cultura han funcionado para la humanidad y también funcionan en Baudelaire como el intento de estabilizar lo inestable. Frente a los cambios propios de la modernidad detener el arrollador paso de un devenir que nunca se detiene. Será el “intento de dar una respuesta de estabilidad y orden al sinsentido originario de una realidad siempre en transformación”[15]. Pero no sólo le ha alcanzado a la humanidad con la cultura, también se debieron inventar grandes metáforas como Dios, el lenguaje, la lógica, que intentan resolver el problema del cambio. “Tanto la religión como la metafísica griega, nos hicieron creer que la verdad está en otro lado, que no cambia, que es perfecta, que este mundo donde todo cambia es un paso”[16]. Reflejo de la búsqueda de la verdad en términos platónicos, del eterno preguntarse ¿dónde permanece la verdad? para luego ubicarla en el cielo, en otro lado, en el más allá en tanto concepción de mundo de las ideas, hemos inventado esas metáforas; frente a ello podemos preguntarnos a modo de poema en prosa ¿Cuál es la verdadera?

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Dibujos y escritos de Baudelaire de su amante haitiana Jeanne Duval.

En el texto titulado “¿Cuál es la verdadera?” (XXXVIII) hallamos otro esbozo de la noción de amor en Baudelaire como vía de esperanza para huir del mal o el tedio metafísico. “Conocí a un a tal Benedicta, que llenaba la atmósfera de idealidad y cuyos ojos vertían deseo de esplendor, de hermosura, de gloria, de todo lo que lleva a creer en la inmortalidad”. Así comienzan las primeras líneas y nos coloca ante una noción platónica o idealista del amor, aunque rápidamente esa utopía cae: “Pero la prodigiosa muchacha era excesivamente hermosa para vivir mucho tiempo; así murió algunos días después de haberla conocido yo, y yo mismo la enterré”. Mientras está terminando de sepultarla aparece otra que se parecía en cierto modo a la fallecida y que con violencia histérica le dice: “la verdadera Benedicta soy yo, soy yo, valiente rufiana. Y en castigo de tu locura y tu ceguera, me querrás como soy. Pero yo, rabioso, respondí: -¡No! ¡No! ¡No! Y para intensificar mejor mi negativa, di tan fuerte golpe en la tierra con el pie, que la pierna se me hundió hasta la rodilla en la sepultura reciente, y, como lobo cogido en la trampa, sigo preso, tal vez para siempre, en la fosa de mi ideal”. Aquí se nos expone el amor como un ideal posible y a la vez el fracaso del mismo. Quizás podemos pensar que el yo lírico se enamora de verdad plenamente de una mujer y esa muere, y por el aferrarse a ese pasado, termina estando con una otra que se le parece sin que lo sea; aunque también puede leerse como una metáfora de lo que significa el inicio de todo amor y la idealización del ser amado, que normalmente se termina derribando al poco tiempo, cuando terminamos conociendo a la “verdadera persona”.

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El Café de Folies-Bergère – Manet. El pintor francés en el retrato de la modernidad, fue lo que Baudelaire en la escritura.

Pensando ahora en las vías de esperanza en términos de esta propuesta de lectura “materiales”, debemos abocarnos al sexo, a los paraísos artificiales y a las multitudes en Baudelaire. Respecto a lo sexual como hecho material, también podemos observar inclusive una cierta faceta de lo ideal, en el poema “El reloj” (XVI). Ahí el yo lírico arguye desde el inicio “los chinos miran la hora en los ojos de sus gatos”. Y cuenta luego una experiencia de ello que lo comprueba. Prosigue “En cuanto a mí, si miro a la bella Felina, la tan bien nombrada, que es el honor de su sexo, el orgullo de mi corazón y el aroma de mi espíritu, tanto de noche como de día, a plena luz o en la sombra opaca, en el fondo de sus adorables ojos siempre veo la hora con claridad, la misma siempre, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos o segundos -una hora inmóvil que los relojes no marcan, liviana como un suspiro y rápida como una mirada. (…) -¿Qué miras con tanto esmero, qué buscas en los ojos de esta persona? ¿Miras la hora, mortal pródigo y ocioso?, yo respondería sin dudar: -¡Sí, miro la hora; es la eternidad”. Aquí pareciéramos estar también frente a una concepción idealista del amor, quizás se manifiesta en presencia de una prostituta o de una amante, pero no refleja más que la artificialidad propia del sexo como forma de evadir la realidad y queriendo encontrar en él un acto noble, un acto elevado. También contemplamos aquí las formas de la seducción del dandy: “¿Verdad, señora, que es éste un madrigal verdaderamente valioso y tan enfático como usted misma? Para ser sincero, sentí tanto placer bordando esta preciosa galantería que no pediré, a cambio, nada”. Y en el caso de tratarse Felina en verdad de una prostituta, la lógica del seductor invierte la cosa, sentí yo tanto placer diciéndote esto, que no pido que mes nada a cambio, cual prostituta que tuvo sexo por placer y no por oficio y no pedirá al hombre retribución pecuniaria a cambio.flaneur.jpgOtra cuestión paradojal de lo carnal puede ser atravesada por el poema “Un caballo de raza” (XXXIX), en él la voz narradora nos dice “Es muy fea. Y a pesar de ello deliciosa. El Tiempo y el Amor la han marcado con sus garras y le han ensañado salvajemente lo que cada minuto y cada beso se llevan de juventud y frescura. Es ciertamente fea; es hormiga, araña, si quereis hasta esqueleto. En suma es primorosa”. Otra vez estamos frente a la contradicción valor estético e idea del bien, fealdad/belleza, encontrar vestigios de hermosura en lo desagradable. “Quiere como se quiere en otoño; diríase que la cercanía del invierno enciende en su corazón un fuego nuevo, y nada de fatigoso hubo jamás en lo servil de su ternura”. Nuevamente estamos frente a la condición de mujer propia de la amante, o quizás por ciertas sutilezas plasmadas en el texto podemos pensar nuevamente que se trate de una prostituta. El narrador siente un estado de plenitud a partir del encuentro sexual y o hasta amoroso con esta mujer “Caballo de Raza”. Pero aun así se siente insatisfecho, siente la falta de algo, se siente ante la virtud pero no ante la belleza del ideal, quizás siente culpa desde su desdeño inconsciente de la presencia diurna frente a lo carnal y nocturno.           

En su figura de dandy “producto de una elección más estética que moral, en el caso del poeta francés, fanfarronea continua y públicamente de sus vicios, de una manera tosca”[17]. Pone lo artificial en un primer plano y lo considera algo celebrable. Esos paraísos artificiales como el opio, el vino, las galerías, las terrazas de los cafés, los pasajes iluminados por las primeras luces de gas, son paraísos propios de una vía material en contraposición a la ideal, brindan una posible salida al artista frente al tedio, y a su vez nutren la condición de flaneur del mismo. Respecto al vino o al opio como formas de resistencia, resulta totalmente necesario enfocarnos en el poema “Emborráchense” (XXXIII). El mismo comienza “Hay que estar siempre ebrio. Eso es todo: la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del tiempo quebrando la espalda y doblándonos hacia la tierra, hay que emborracharse sin tregua”. Desde una mirada material la alusión es obvia, y la invitación resulta ser al estado propio de la ebriedad como forma del hedonismo y de evasión de la realidad. Pero luego pareciera dar un giro, al igual que como sucede con la cuestión sexual, nuevamente hacia un lugar espiritualmente más elevado: “¿Pero con qué? Con vino, poesía, o virtud, como gustéis. Pero emborráchense”.00_hand-gams.jpg

“El perro y el frasco” (VIII) resulta revelador a la hora de pensar también en estos paraísos artificiales y en otra vía de esperanza representada por las multitudes anónimas de la ciudad. “Hermoso perro mío, buen perro, chucho querido, aproxímate y ven a respirar un maravilloso perfume, adquirido en la mejor perfumería de la ciudad. (…) -¡Ah mezquino can! Si te hubiera ofrecido un montón de excrementos los hubieras husmeado con delicia, devorándolos quizás. Así tu indigno compañero de mi desgraciada vida te pareces al público, a quien nunca ha de ofrecer perfumes delicados que le irriten, sino basura cuidadosamente escogida”. Aquí vemos la aparición de una de esas artificialidades propias de la modernidad como puede ser un buen perfume, en contraposición con la naturaleza y lo antiguo caracterizado por el perro. También se evidencia la relación de contradicción casi masoquista que tendrá Baudelaire con las multitudes, oscilante entre cierta curiosidad y atención hacia las mismas, pero a la vez atravesada por un sentido absoluto de rechazo, “ha sentido la amenaza que las multitudes de las grandes ciudades constituyen para el individuo y su entorno”[18].

En “A la una de la madrugada” (X) es posible entender también la relación de Baudelaire con la ciudad y las multitudes. “¡Solo finalmente! Ya no se oye más que el rodar de algunos coches rezagados y exhaustos. Por unas horas hemos de poseer el silencio, sino el descanso. ¡Finalmente desapareció la tiranía del rostro humano, y ya sólo sufriré mi dolor!”. Continúa “¡Vida espantosa! ¡Ciudad espantosa! Recapitules el día: ver a varios hombres de letras, uno de los cuales me preguntó si puede ir a Rusia por tierra –indudablemente creía que Rusia era una isla-; discutir con generosidad con el director de una revista, que, a cada objeción respondía: “este es el partido de los hombres honrados”; lo cual supone que el resto de los periódicos están redactados por rufianes; saludar a unas veinte personas, quince de ellas desconocidas; repartir apretones de manos, en igual medida, sin haber tomado precaución de comprar unos guantes; subir, para matar el tiempo, durante un chaparrón, a casa de cierta corsetera, que me rogó que le dibujara un traje de “Venustra”. De esa manera la voz del narrador, que acá no sería tan imprudente pensar que sea la de Baudelaire, nos va contando cómo sería un día cualquiera ordinario y cotidiano, pero medianamente movido, en la ciudad del spleen. Finalmente concluye: “Descontento de todos, descontento de mí, quisiera rescatarme y recobrar un poco de orgullo en el silencio y en la soledad de la noche. Almas de los que amé, almas de los que canté, dadme fuerzas, sostenedme, retirad de mí la mentira y los vahos corruptores del mundo; y vos Señor, Dios mío, otorgadme el favor de producir algunos versos buenos, que a mí mismo me demuestren que no soy el último de los hombres, que no soy inferior a los que desprecio”. En estas últimas líneas el yo lírico se presenta desde la vieja posición del poeta romántico elevado por encima del vulgo, ajeno a las multitudes.

Es curiosa la relación del poeta con el público porque por un lado estará inmerso en la masa de las multitudes, como flaneur, y por otro como creador estará pensando en un nuevo público, por lo que abandona el lenguaje elevado y comienza a utilizar un lenguaje vulgar. Ese novedoso público receptor, el público moderno será el de las masas ciudadanas. Seres anónimos que se cruzan sin entablar relaciones. Baudelaire retrata una ciudad en la que “hombres y mujeres son descriptos como espíritus sufrientes de urbanitas que trabajan y sobreviven en medio de la miseria cotidiana. El estigma de la ciudad, el horror deBaudalaire 3 indiferencia, es el punto de vista que elige el llamado poeta maldito. Su gran novedad, a nivel de contenido, es haber dado voz a lo ruinoso: los miserables, los borrachos, los asesinos, las prostitutas; la marginación en cualquiera de sus formas”[19]. Baudelaire pareciera desde la sensibilidad del flaneur estar bastante cercano o sentir cierta empatía por estos marginados y desfavorecidos, no hace caso omiso a estas cuestiones sociales, a esta irrupción masiva de los excluidos, pero a su vez también tiene un pie de pertenencia claramente en otro sector social. La ciudad se torna un estado de soledad en absoluta compañía, se vuelve oxímoron: “Sentimiento de soledad, desde mi infancia. A pesar de la familia, y en medio de los camaradas, sobre todo, sentimiento de destino eternamente solitario”. Este sentimiento no sólo será individual, este sentimiento se traslada a lo social. Este aislamiento es la razón de ser del flaneur. Las multitudes conducen a la multiplicidad, y la multiplicidad a la pérdida de la individualidad, eso resulta ser la ciudad. Sobre todo el odio casi sociópata Baudelaire lo canalizará contra las multitudes representadas por aquellos que pertenecen a su misma condición social: desde “el ver a varios hombres de letras y que uno de ellos le pregunte por Rusia pensando que era una isla”, o la esposa burguesa quejándose absolutamente por todo.

Pero todo ese conjunto de salidas materiales propuestas como vías de esperanza, tampoco son válidas, como tampoco lo fueron las meramente ideales, porque tal como lo afirma el propio Baudelaire en El pintor de la vida moderna: “en ciertos aspectos, el dandismo limita con el espiritualismo y el estoicismo”. Es decir que la verdad, de ser posible como idea, sólo podrá ser alcanzada en un punto intermedio, en un constante y perfecto equilibrio. Si nos peleamos todo el tiempo contra la norma y permanecemos en constante cambio, ¿qué pasa cuando la norma se vuelve el cambio? La locura permanente de ir todo el tiempo hacia lo nuevo y volver nuevamente a acomodarse a una Norma, es volver al inicio de la situación. Lo moderno abruma también en experiencias exacerbadas, y volver una máxima la premisa de lo moderno y la búsqueda constantes de vías de esperanzas frente al fracaso de éstas, sólo podemos encontrarnos de cara a un Tedio Existencial Absoluto. Cierta faceta humana así como busca lo nuevo, también busca una cierta ritualidad y seguridad en todo aquello que se repite. Baudelaire viene a expresar esa dualidad, se da cuenta de que con el paso del tiempo la novedad permanente se vuelve una tradición, y no anclarse a ninguna tradición también se vuelve desesperante.

Muertas y fracasadas todo tipo de metáforas, la de Dios, la de la idea última de bien, la del lenguaje, las normas, el sentido de pertenencia a una clase, la noción de patria y nacionalidad, el positivismo científico, ya no quedan autoridades a las cuales seguir. El francés fundará sin saberlo de alguna manera, el gérmen del pensamiento anarcoindividualista/nihilista, al igual que pensadores o escritores del talante de Nietzsche, Kierkegaard, Chejóv o el Marqués de Sade. Entender que la vida no se rige por ningún principio superior es a la vez poder conciliarse con ese estado eterno de spleen, y procurar nuevos caminos para salir de él, aun sabiendo que en cualquier esquina uno pueda volver a toparse con ese despreciable sentimiento.

Unas últimas vías superadoras de esperanza en Baudelaire, pueden observarse en los textos “El puerto” (XLI), “En cualquier parte fuera del mundo” (XLVIII). El francés parecería señalar una esperanza final que estaría fuera de la ciudad, en otra capital, en otras ciudades, o simplemente habitando cualquier lugar fuera de este mundo. “Un puerto es morada agradable para un alma fatigada de las luchas de la vida. (…) Hay una suerte de placer misterioso y aristocrático para el que ya no tiene curiosidad ni ambición, en admirar, (…) todos los movimientos de los que se van y de los que regresan, de los que poseen aún fuerza para querer, deseo de viajar o de enriquecerse”. Es “En cualquier parte fuera del mundo” en que Baudelaire nos presente una última vía de escape, justamente el ir en busca de un nuevo destino, de exaltar un eterno estado de viaje para calentar las almas enfriadas, “finalmente mi alma estalla y sabiamente me grita: -¡A cualquier parte! ¡A cualquier parte! ¡Con tal que se fuera de este mundo! Escribe ya resignado en el “Epílogo”, “te quiero capital despreciable. Vosotras, ¡oh cortesanas!, y vosotros, ¡oh malhechores!, ofrecéis a veces goces que jamás entiende el ignorante vulgo de las gentes profanas”.Le port.jpgConcluirá finalmente en su obra Fusées anticipándose al eterno estado de apocalipsis que tendrá el capitalismo hasta hoy día: “El mundo se va a acabar… demando a todo hombre que piensa que me muestre lo que subsiste de la vida… La ruina universal no se manifestará particularmente en las instituciones políticas… Lo hará en el envilecimiento de los corazones. ¿Tengo necesidad de decir que lo poco que quedará de la política se debatirá penosamente en la opresión de la animalidad general y que los gobernantes serán forzados, para mantenerse y crear un fantasma de orden, a recurrir a medios que estremecerán nuestra humanidad actual, que es sin embargo tan avezada?…Esta época está, quizás muy próxima: ¿quién sabe si no está ya sucediendo, y si el espesamiento de nuestra naturaleza no es el único obstáculo que nos impide apreciar el medio en que respiramos”. Rendir culto a la obra baudelaireana puede significar en el siglo XXI, pensar vías de esperanza alternativas para combatir el tedio existencial, o retomar y revalorar las ya propuestas por el maldito en los albores de la experiencia moderna.

 

Corpus de poemas analizados:

“El extranjero” (I) – “El ‘Yo culpable’ del artista” (III) – “La desesperación de la vieja” (II) – “Un gracioso” (IV) – “El espejo” (XL) – “La moneda falsa” (XXVIII) – “La mujer salvaje y la pequeña amante” (XI) – “¿Cuál es la verdadera?” (XXXVIII) – “El reloj” (XVI) – “Un caballo de raza” (XXXIX) – “Emborráchense” (XXXIII) – “A la una de la madrugada” (X) – “El puerto” (XLI), “En cualquier parte fuera del mundo” (XLVIII).

 

Referencias bibliográficas:

[1] Sztajnszrajber, Darío; “Baudelaire” – Ciclo 8 filósofos, Rizoma Facultad Libre Virtual.

[2] Manzano, Julia; “El artista como flaneur”.

[3] Ibíd

[4] Sztajnszrajber, Darío; “Baudelaire” – Ciclo 8 filósofos, Rizoma Facultad Libre Virtual.

[5] Ibíd.

[6] Baudelaire, Charles; Las flores del mal.

[7] Sabato, Ernesto; “Sócrates, Baudelaire y Sartre” en El escritor y sus fantasmas.

[8] Benjamin, Walter; “Baudelaire, un poeta en el esplendor del capitalismo” en Iluminaciones II.

[9] Baudelaire, Charles; “A Arséne Houssaye” en El Spleen de París.

[10] Benjamin, Walter; “Notas sobre los cuadros parisinos de Baudelaire”.

[11] Ibíd.

[12] Manzano, Julia; “El artista como flaneur”.

[13] Sztajnszrajber, Darío; “Baudelaire” – Ciclo 8 filósofos, Rizoma Facultad Libre Virtual.

[14] Ibíd.

[15] Sztajnszrajber, Darío; “Baudelaire” – Ciclo 8 filósofos, Rizoma Facultad Libre Virtual.

[16] Ibíd.

[17] Manzano, Julia; “El artista como flaneur”.

[18] Benjamin, Walter; “Notas sobre los cuadros parisinos de Baudelaire”.

[19] Manzano, Julia; “El artista como flaneur”.


 

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