Sivilpino, un poeta del simbolismo moderno – (Relato por Emilio Orbe)

Letra c

e

uando niño tuve un amigo, era un poeta del simbolismo moderno. Se pasaba el día regurgitando lo que comía; pero como si esto fuera poco, Sivilpino tenía otro peor castigo a causa de este desvarío, él también regurgitaba los objetos y cosas que otras personas tenían en mente. Involuntariamente podía, de repente, regurgitar un ramo de rosas, una almohada con un agujero de bala, dos entradas para el cine, etc… De qué cine y de qué mundo, él no lo sabía; Sivilpino sólo regurgitaba. ¡Habrase visto fenómeno así!… Sivilpino sufría, huía de la gente. Bastaba con que escuchara una conversación de comadres a la pasada y paf! Sivilpino regurgitaba empachos, envidias, tijeras, mulas, pasteles crudos, secretos, engaños, serpientes, botellitas de jerez, pecados, etc.

     Una vez, pasó por delante de él una cochería funeraria, Sivilpino se tapó los ojos pero ya había visto a la viuda, era tarde para impedirlo, el muerto le salió por la boca.

     Por las mañanas temprano se desayunada regurgitando escobas, baldes con agua, despertadores, tazas de café, periódicos, leña candente y gallos afónicos. En la noche, la tristeza y el cansancio lo vencían. En un rincón oscuro de su habitación, Sivilpino deliraba, perturbado, haciendo fuerza para detener la invasión de las mentes vecinas.

     Cuando Sivilpino iba al cine, vomitaba las escenas siguientes ¡antes que el público llegase a verlas! ¡Imaginen! Lo terminaban echando, insultándolo, y arrojándole cosas. Nunca pude olvidarme cuando, en un cine de películas retro, regurgitó al mismísimo Gregory Peck en medio de la sala.

     El alcalde del pueblo tuvo que costear los gastos de hotel y estadía del actor estadounidense. Lo peor de todo, era que el verdadero Gregory Peck ya había muerto 300 años atrás, y esa copia fiel del galán de cine comenzó a salirle muy caro a todosGregory Peck los vecinos de nuestra comarca. No podíamos dejarlo salir del pueblo hasta no encontrar una solución, pues ¿cómo explicaríamos al mundo la existencia de este clon de Gregory Peck?

     Por decreto, teníamos que pagar un impuesto trimestral llamado “Fondo de Mantención de celulóidico Gregory Peck”. En un principio, a todos nos agradó hacernos a la idea de tener nuestro Gregory Peck, pero el galán tenía una vida repleta de lujos y excentricidades, y poco hacía por la comunidad; más que colaborar con las livianas tareas que el reverendo Tim Yorklins le encomendaba hacer los domingos en la iglesia. A nuestro Gregory Peck sólo le interesaban las mujeres, las partidas de póker los viernes por la noche en casa del Alcalde y  beber whisky caro.

     Cada día, la policía tenía que intervenir para que algún esposo celoso no lograra matarlo. Las mujeres del pueblo enloquecían por él, aunque les hablara en inglés y tuviese corazón de celuloide. Habían transcurrido dos años y la solución al problema llegó por accidente: estaba Sivilpino mirando por la ventana, cuando el “falso Gregory Peck” lo saluda desde el otro lado de la calle, paseándose con dos bellas muchachas. Sivilpino sintió cierta angustia por no ser él quien disfrutara de la compañía de aquellas hermosas mujeres; el desenlace fue eminente: Sivilpino regurgitó un león, pero no cualquier león, este era el feroz león de la Metro Goldwyn Mayer, que sin dudarlo, se comió a nuestro Gregory Peck.

     Desde aquel momento, Sivilpino comenzó a entristecer, y enfermó. Cansado de una vida de aislamientos, culpas y vergüenza. Siempre señalado, etiquetado; siempre burlado.

   Sivilpino oscureció, y su propia sombra ahora lo regurgitaba, y pedía explicaciones.Todas las tardes, los habitantes de Trovaydosboing, muy enojados, arrojaban en un contenedor municipal todo lo que diseminado a puro vómito Sivilpino dejaba en las calles. Había muchas cosas útiles que pudieron ser usadas para la beneficencia, pero la superstición a veces es más fuerte que el sentido común. Finalmente, el Reverendo las prendía fuego.

     Padeciendo de una fiebre muy alta, (y al parecer la fiebre era suya); una noche Sivilpino entró en el hospital avisando: “Yo soy Sivilpino! Cierren sus mentes! Y que alguien me atienda esta fiebre! No es de otro! Es mía! Auxilio!…”

Sivilpino

     Una joven enfermera practicante fue la única que se animó a asistirlo. Ella le pidió que se desnudara, para así sumergirlo en una bañera con hielo. Sivilpino temió desnudarse, pero dadas las circunstancias lo hizo. Ya dentro de la fría bañera, ella de rodillas le platicaba de tontas cosas para distraerlo, así no se llamarían de mente  a mente, mientras que, mecánicamente, cargaba de agua aquella esponja amarilla y la descargaba, una y otra vez en la frente y el pecho de Sivilpino. Fue entonces que sintió besarla, pero las ganas de regurgitar llegaron con tal fuerza que, Sivilpino temió morir. No fue así, Sivilpino vomitó un niño perdido. Luego la besó. Desde aquel día jamás se separaría de aquella muchacha, y no volvió a regurgitar nunca más; al menos las miserias ajenas”.


Algunas palabras sobre el autor:

emilio-orbe

Emilio Orbe tiene 44 años, es Fotógrafo especializado en fotoperiodismo cultural, urbanismo y retrato, y trabaja en el Instituto Cultural de Bahía Blanca. Es un artista polifacético, y en el ejercicio y fusión de su eclecticismo emerge su escritura. Un atomista en su literatura. Como autor ha trabajado en varios títulos, entre los que se destaca RANDOL (Poesía) –Realismo Sucio- 2014. 


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