Matar a San Valentín (San Claudio y su nuevo imperio del amor) – [Un relato de Augusto Morelli]

e     Letra c

e

laudio, alcalde de la ciudad de Roma, irrumpió en la oficina del viejo Valentín agitando en su mano izquierda un revólver color playa, en su mano derecha un corazón desgarrado, y al grito de “¡Valentín, ha llegado tu hora!”.

-¿Qué es lo que pasa Claudio?- respondió Valentín algo sobresaltado-.

-¡Me harté! ¡Me harté de tus promesas y de tu falso amor plebeyo! Hoy será el final, ya no volverás a engañarme.

     Valentín ordenó unos papeles arriba del escritorio, y asustado se dejó caer sobre el sillón de terciopelo azul mientras se desprendía la corbata.

-¿Por qué decís que te engañé?- preguntó Valentín sorprendido, yo sólo hago mi trabajo… en todo caso, podemos llegar a un acuerdo Claudio, sos uno de mis mejores clientes.

-¡Me cagaste viejo sin vergüenza, por enésima vez!- gritó Claudio, mientras volvía a agitar ferozmente el arma en sus manos. ¡Me cagaste y no es la primera vez, hace años que no hacés más que cagarme, es algo intermitente!

     Claudio se sentó en frente a Valentín, mientras jugaba con su radiante arma, lo miró con la cara perversa que lo caracterizaba, aquella cara que lo llevó a convertirse en el alcalde de la Ciudad de Roma.

-Todo se puede solucionar- dijo Valentín- por favor Claudio se decente y bajá el arma.

-¡Decente! De decencia me hablás vos, ¡viejo estafador! Decencia es lo que te falta.

-Mi trabajo es en pos de una satisfacción garantizada, pero a veces está sujeto a determinados imprevist…

-¡Ahorrate el discurso conmigo!- gritó Claudio y se subió de un salto al escritorio, arrojó violentamente al suelo todo lo que se encontraba sobre él, y quedó ahora inclinado de rodillas apuntando con el caño directamente a la cabeza de Valentín.

-Por favor… -suplicó Valentín- puedo devolverte el dinero, dejame ir hasta la caja fuerte.

-¡Ya no se trata de dinero! -exclamó Claudio-. “Por favor, por favor”, repitió con voz idiota burlándose del viejo. Por favor te pedí yo, me cansé de tus pésimos servicios, me cansé de tu amor imperfecto, de tu amor irracional, de tu amor estúpido, tu amor destinado al fracaso. Te pedí una bella mujer de pelo negro, ojos verdes, porque los verdes son los más sinceros. Te pedí una mujer voluminosa de curvas perfectamente moldeadas. Una mujer amante de la vida, compañera, capaz  de encontrar la felicidad –en caso que exista claro- en las pequeñas cosas, que sepa dejarse atrapar por el momento y vivir el ahora. Sólo quería una mujer que me acompañara en esta vida, que simplemente sonría y despierte todas las mañanas a mi lado y le guste tomar el té. Una mujer que respete mis silencios en el desayuno y que no calle ni quede sin palabras cuando más lo necesito, sobre todo por las noches. Una hembra que sea una gran amante, capaz de desarrollar su sexualidad plenamente, sin culpas, sin tormentos, sin traumas, ya que la vida sexual es la fiel expresión de la salud mental.  Solamente quería una mujer que me ame y que en lo posible sea lo más distante al tradicional concepto de mujer. ¿Es eso tan difícil?

-¿Y no estuvo a la altura lo que recibiste? -preguntó Valentín-.

-¿Me estás tomando el pelo, no? -preguntó con gran cólera Claudio-. Lo que me conseguiste fue totalmente lo contrario, por empezar era rubia, de ojos pardos, calculadora, introvertida, la mujer más callada del mundo en los momentos en que necesitaba las palabras, no tomaba té, tomaba café –y sabés bien viejo rufián que el café me altera más de lo normal- quizás la razón de tu muerte el día de hoy se deba al hecho de que esa zorra me haya servido café y no té. Es mezquina, egoísta, oportunista, materialista, desinteresada del más mínimo arte. ¿Cómo vivir con una mujer así? Lo peor de todo es que no es la primera.

-Dejame hablar con mi socio -dijo Valentín- levantando el celular del escritorio y comenzando a marcar, lo llamamos a Cupido… y todo solucionado.

-¡Soltá ese teléfono ya o te lleno de disparos! -dijo Claudio firmemente-.

     Valentín comenzó a temblequear y el teléfono se le cayó de las manos.

-Te di todo ingrato, sos el único mandatario oficial autorizado a trabajar con el amor, desde que el amor fue prohibido por ley nacional en el año 1992. Hace veinte años que estás trabajando con el amor, y gracias a mí, estás haciendo fortunas; y no sos capaz de conseguirle una buena mujer a quien te ha dado de comer.

-Claudio, reservé todo el amor de mayor calidad que teníamos para vos, no sé qué ha pasado.

-En cuanto a las únicas mujeres que en verdad eran para mí, vos, tu cuñado Himeneo y el sátrapa ese de tu socio, ese enano ridículo, Cupido, hicieron todo lo posible por alejarlas de mí y ofrecérselas a sus demás clientes a fin de ganar unos sucios pesos extras, y cuando no, para tenerlas a todas entre ustedes.

-Usted sabe alcalde, que eso no es verdad -dijo Valentín lloriqueando-.

-¡Por favor! Sea decente y deje de llorar, muera como un hombre.

-Nadie tiene que morir Claudio, usted puede irse de aquí con lo que está buscando, y vivir una vida plena y feliz con el verdadero amor de su vida. Sólo tiene que llenarme este formulario y firmar aquí abajo.

-No me vas a engañar otra vez, sin vergüenza. Vos y todos los farsantes hicieron del amor un negocio, vendieron algo que no existe. Ustedes parásitos burgueses que esparcen el amor romántico por el mundo, vendiendo falsas esperanzas a hombres y mujeres, vendiéndoles y dejándoles al alcance la fórmula de la destrucción; vos y tus secuaces y su sucia construcción capitalista a la que llaman amor. Confunden amor con enamoramiento, engañan a las personas haciéndoles creer que el amor será la salvación, que el amor es el fin último de la vida. Ustedes cerdos son quienes han justificado la muerte y la guerra en nombre del amor, y ahí afuera -puedo verlos a través de la sucia ventana de tu oficina de pequeña rata-, ellos viven pensando que el amor los salvará a todos. Son víctimas de ustedes cerdos, ellos viven de esperanzas, caminan y se dejan llevar sin preguntarse en ningún momento: ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?

-No es así como nosotros concebimos al amor -dijo Valentín meneando la cabeza-.

-Así es como lo hicieron hasta el día de hoy,  hoy será prohibido en forma permanente todo vestigio de amor romántico, amor idealista, amor de cuentos de hadas, amor monógamo, con los  cuales ustedes burgueses capitalistas engañaron desde antaño a los hombres. Eliminaremos de la faz de la tierra ese viejo concepto de amor con el cual pudieron dominar el mundo durante tantos siglos, impondremos un nuevo concepto de amor, un amor nihilista, salvaje, un amor primitivo, capaz de nacer de los instintos e impulsos más profundos, pero a la vez –y acá radica la ironía de todo esto- será un amor que nacerá a partir de términos estrictamente racionales y positivistas, un amor destinado a la perfección absoluta, un amor desprovisto de imperfecciones y sujeciones tendientes al fracaso.

-Al fin de cuentas su nueva concepción de amor, aunque llamarla nueva resulte irrisorio, no dista demasiado de la nuestra -sentenció Valentín-.

-Sí, es muy diferente, nosotros no vamos a aprovecharnos de la necesidad inherente al ser humano de encontrar la salvación y las respuestas absolutas, utilizaremos el positivismo, único método tendiente a alcanzar lo más cercano a la verdad en el universo para así construir un amor auténtico, no un negocio.

-¡Ah! Ja, ja, ja ¡suerte con eso! -exclamó Valentín burlonamente-.

-Tu última voluntad -dijo Claudio-.

-El amor siempre será imperfecto, y ustedes nunca dejarán de ser nuestras víctimas preferidas, al fin y al cabo lo que harás no será más que matar en nombre del amor que nosotros te vendimos.

     Claudio disparó, y el viejo Valentín, comenzó a desangrarse sobre la alfombra. Valentín había muerto.

***

     En un recóndito lugar del mundo una máquina evalúa y compara variables y estadísticas proporcionadas por una serie de  formularios referentes a la psicología, a los intereses y los gustos de una mujer y un hombre. Ellos se encuentran, aún sin conocerse en un radio de diez kilómetros a la redonda. La comparación es un éxito. Catorce mil ochocientos noventa y tres coincidencias por sobre quince mil.  Lo que equivale a un 99,28% por ciento de compatibilidad. Nace así un nuevo y perfecto amor en el mundo, como los miles de amores que nacen todos los días desde que felizmente festejamos el día de San Claudio. Quizás la esencia del verdadero amor viva en ese 0,72%; y entonces quizás el nuevo amor no sea real, en términos idealistas (lo cual nos importa un bledo), pero sí es real en términos positivistas. ¡Al menos por este sistema de compatibilidad no hay que invertir ni un solo centavo!


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By Augusto Morelli– (F.M.)

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