Todo aquello que quedó perdido en Casares (Un relato de Ricky Tunez) – [Aguasucia Bahiense]

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lgo quedó perdido en Casares, creo que son los recuerdos. La vida me sacó de ahí a los empujones, pero de todos modos es imposible no volver, despegarse del silencio de los sábados a la tarde mientras la tele pasaba novelas latinas infumables, escuchar las voces pasando en la vereda, las voces primero y después los pasos y después las voces otra vez, hasta que la distancia las apagaba. No sé si siempre las decisiones son crueles, pero son seguro un territorio exagerado en el que las sombras te amenazan desde el techo del cuarto y te persigue la urgencia de salir de ahí.

     Algo se perdió en aquel pueblo, sospecho que fueron los recuerdos. Hay algo que se perdió en ese lugar de casas bajas, de sueños postergados, de vecinos en la vereda viendo pasar el futuro; ahora tierra plagada de nostalgia, hermoso sitio donde parece que siempre termina de llover. Por estos días y como tantos otros lugares, aquel, el mío, se cayó por el precipicio de la economía, pero yo les estoy hablando de otros años, de otras caídas, de otras fracturas, de la infancia gobernada por los sueños, de cambiarse de ropa para salir al centro, de lo que fuimos y de lo que soñamos ser. Tanto nos domesticaron que ni siquiera los sueños son grandiosos: yo quería (aún hoy todavía quiero) ser profesor de artes visuales, tener una casa normal y, cada tanto, llegar con una caja de pizza y algún disco para compartir con Ina. Era esa (aún hoy sigue siendo) mi idea de la felicidad. El pasado es ladino y tiende sus propias trampas: mejora los recuerdos, oculta otros, se resbala, vuelve en el momento menos pensado. Es delicado desafiarlo. Nunca fui de tender con el pasado lazos morbosos, pero me encanta insistir en lo que fuimos. No sé si a los demás les pasa lo mismo, pero a mí me cuesta mucho pensar en los recuerdos si no estoy a cierta distancia de donde los forjé. Seguro que uno puede decir la palabra «recuerdos» cuando se le dé la gana, pero no es lo mismo: así no es más que una palabra. Yo me refiero a pensarlos, a sentirlos. A poder pensarlo, entendiéndolo, al recuerdo en sí. Es distinto decir «recuerdos» que sentirlos. Decirlo es casi nada. Igual es una palabra distinta a «árbol» o «perro». Esas son cosas que se ven, y uno puede imaginarlas. Pero con lo otro la cosa cambia. A los recuerdos hay que sentirlos para pensarlos. Esa sensación incómoda en todo el cuerpo, esa especie de dolor suavecito que uno no se puede sacar de encima aunque quiera, esa molestia que a uno lo sigue aunque trate de escapársele y haga un montón de cosas (poner canciones tristes para sentirse mejor, leer a los escritores más nostálgicos, citarlos y hasta dibujar cualquier mamarracho) para salirse de esa situación fea. Esas ganas tontas de querer irse lejos del propio cuerpo a un lugar que esté más tibio: tontas ideas porque de esa sensación no se puede salir, pero uno las ganas las tiene igual. Y de todo el asunto de los recuerdos yo me puedo acordar solamente así: a la distancia. Si no, no. O me cuesta mucho más. Me cuesta y no es lo mismo.

     Pero hoy resulta que es lunes, casi de noche, y como está terminando el año me abruman recuerdos de novela. Además estoy solo en casa, que eso también es importante para que me acuerde. Si está Ina en casa no puedo. Si está ella uno piensa en cosas comunes, las de todos los días. La cosa se complica mucho si estoy con ella, solo, y en la ruta, sobre todo en un viaje de vuelta desde Casares. Ahí la cosa se complica de verdad, ya no puedo ni hablar. Pero lo de estar solo también es importante, porque en esto me pongo a pensar cuando estoy solo. Si justo me acuerdo de todo aquello cuando estoy con alguien enseguida trato de pensar en otra cosa, porque no me gusta pensarlo cuando estoy acompañado. No es que cuando estoy solo pensar en esto me guste. Ni tampoco que no me guste. No se trata de gustar, supongo. Me acuerdo y listo. Lo que sí, si estoy solo, no me resisto a pensarlo. No es que me voy para distraerme y sacármelo de la cabeza. Me quedo y me lo acuerdo. Antes no. Antes no podía. Hace unos meses cuando recién llegaba a este lugar me acordaba y me ponía mal y quería arrancármelo como si fuera un trapo que me quemase la piel por adentro. Ahora ya no. Ahora me lo acuerdo y como mucho me pongo triste. Pero es una tristeza que me aguanto y está bien. No es como cuando me daba insomnio. Ahora como mucho son pensamientos, y de vez en cuando. Muy de vez en cuando. A la tardecita, mientras tomo mate con Ina, le cuento. Le digo «hoy pensé mucho en cuánto extraño al Ricky que era cuando estábamos allá», y ella me entiende y no me pregunta nada por respeto a los recuerdos. O capaz que yo lo pienso así porque me conviene, porque así me siento menos maricón. La verdad que no lo sé. A lo mejor esa vez que me fui con ella de aquella fiesta, yo debería haberla advertido, de que ese pibe que tenía enfrente era todo lo que era por quien lo rodeaba, que sin todos ellos yo era del montón, que no valía tanto la pena. Capaz que me miró fijo para que se lo dijera pero no me di cuenta. O capaz me vio divertido y quiso no pensar. No sé. O por lo menos debí decirle algo. Decirle quién era yo. O capaz que no se puede, porque decir una cosa hace que uno diga otra y al final tenga que decirlas todas y no puedo. Porque a contarlo todo no me animo. Nunca.

Vas a chocar al fin con mil recuerdos como trenes de frente.

Busco una razón para rajar de este viaje, ruta, soledad, el mismo paisaje”.

Ricky Tunez, Bahía Blanca.


By Ricky Tunez

Imagen: Dibujo de Ricky Tunez

logo-maquina-fervor-finalizadoRevista Fervor de Bahía Blanca 

© Todos los derechos reservados.

Un pensamiento en “Todo aquello que quedó perdido en Casares (Un relato de Ricky Tunez) – [Aguasucia Bahiense]

  1. ¡Genio Ricky! Que hablar de recuerdos siempre nos lleve a las tardes en la plazoleta jugando a la pelota, o al sólo hecho de estar sentados bajo el sauce.

    ¡Abrazo grande pibe!

    Tincho

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