“Balada del consentimiento a este mundo” de Bertolt Brecht (Síntesis de los dilemas del hombre de nuestro tiempo)

BALADA DEL CONSENTIMIENTO A ESTE MUNDO

1

No soy injusto, pero tampoco soy valiente
Hoy me enseñaron el mundo tal cual es
Me lo mostraron con un dedo ensangrentado
y yo me apresuré a decir que sí, que por mí estaba bien.

2

El palo sobre mi cabeza, los ojos bien abiertos,
noche y día el mundo entero vi,
vi que los carniceros, como carniceros sirven,
y a la pregunta: ¿Te alegra lo que ves? Yo dije: sí.

3

Desde ese día dije que sí a todo:
mejor cobarde que hombre muerto, me oí decir.
Y sólo por no caer en esas manos,
consentí en todo lo que no se puede consentir.

4

Vi al estanciero revender cereales,
y al pueblo hambriento aplaudir con humildad.
Rodeado de intelectuales dije en voz alta:
es algo caro, pero de buena calidad.

5

Vi a los empleadores allí: a uno de cada cinco
lo emplean, e incluso pagarían.
A los que me piden que interceda les digo:
hablen con ellos. Yo no sé de economía.

6

Vi a los militares planeando sus saqueos;
vi que por cobardía los dejan andar sueltos.
Sospenchando lo peor, les cedí el paso
y grité: ¡Bravo! Para éstos, la técnica no tiene secretos.

7

Vi a los diputados que a sus hambrientos votantes
juran que ellos todo lo cambiarán.
No mienten, digo, son grandes oradores,
pasa que los supera la realidad.

8

Vi a los burócratas enmohecidos
mantener funcionando el superinodoro,
mal pagados, por presionar y patear entre quejidos.
Para ellos pido más sueldo y más decoro.

9

No quiero olvidar a los agentes del orden
bastión insobornable de la honestidad.
Les alcanzo la toalla llena de sangre
con tal de que me defiendan mi seguridad.

10

Veo a los jueces, patrones de las leyes,
encubrir evidencias con el mayor cinismo.
Salvar la propiedad, las amistades.
Si fuera juez, sin ofender, haría lo mismo.

11

Y digo: esos señores son incorruptibles.
No hay importe que los pueda tentar.
Cuidar las leyes y dictar sentencia. ¿No es
suficiente incorruptibilidad?

12

Allí a pocos metros, veo unos delincuentes
golpeando a un anciano, a una mujer y a un niño;
veo también que sus palos son de goma…
Y me doy cuenta que no son bandidos.

13

La policía que combate la pobreza,
para que la miseria detenga su invasión,
tiene trabajo a manos llenas. Mi última camisa
es para ellos que salvan del ladrón.

14

Así demuestro que no tengo agravios,
y espero que aprecien mi transparencia,
más aún si me identifico
con los que han sido calumniados por la prensa.

15

Para los periodistas: la sangre de sus víctimas
suele hacerles de tinta: “Los asesinos no lo hicieron”.
Yo ayudo a distribuir las hojas aún mojadas,
y afirmo: buen estilo, tienen que leerlo.

16

El poeta nos envía su Montaña Mágica para la lectura.
¡Lo que él (por dinero) allí dice, lo dice con razón!
¡Lo que él (gratuitamente) calla, podría ser la verdad!
Yo digo: no confundir ceguera con mala intención.

17

Un comerciante convenciendo a los que pasan:
“soy yo el que huele mal, no mi pescado.” Pienso:
ese no come su pescado podrido. A lo mejor tengo suerte
y me vende en el mercado. Por las dudas lo cuido.

18

La piel medio comida por las infecciones,
un viejo compra a una jovencita con plata robada.
Le doy la mano (con cuidado), con mis congratulaciones,
agradeciéndole que ayude a la muchacha.

19

A los médicos, que a los pacientes pobres
como pescado chico devuelven a las aguas,
no dejo por eso de pedirles turno, y sobre
sus camillas me tiendo y encomiendo el alma.

20

A los ingenieros creadores de las cintas sin fin
que al desgraciado obrero quita toda energía,
les canto loas por su técnico perfil,
el triunfo del espíritu me exalta de alegría.

21

Vi a los maestros, pobres represores,
formar niños a su imagen y semejanza.
Del Estado cobran sus remuneraciones.
No retarlos. Ni para morirse de hambre les alcanza.

22

Y veo chicos de catorce años,
del tamaño de seis y que hablan como ancianos.
Y digo: así nomás. Y a la muda pregunta:
¿Por qué? Contesto: No sé. ¿No es humano?

23

Los profesores, que con bellas palabras
justifican lo que su mandatario hace,
hablan de crisis financiera en vez de crímenes.
No son peores que lo que puede imaginarse.

24

A la ciencia que multiplica nuestro conocimiento,
que a su vez hace crecer nuestra miseria,
la ensalzan como a una religión, que en su momento
estimula nuestra ignorancia, que también se revela.

25

No quiero hablar de más. A los curas los siento mis amigos.
Las guerras y las matanzas no los cambian. En alto
sostienen la fe en el amor y la asistencia al vecino.
Nada de todo eso será echado en el olvido.

26

Vi a todo el mundo alabando a dios y al usurero.
Y escuché al hambre gritar: ¿dónde hay que pedir?
Y vi unos dedos gordos señalando hacia el cielo.
Y entonces dije: ¡vieron que hay algo allí!

27

Los gordos pelados, que hace ya un tiempo
bocetara George Grosz, están a punto
de degollar a la humanidad en un planeado intento.
Si es un plan ordenado, estoy con el asunto.

28

He visto a las víctimas y a los asesinos.
Sé distinguir entre coraje y compasión,
y frente a la valentía del asesino digo:
bien hecho, es una doble elección.

29

Veo venir las formaciones de matarifes,
quiero gritarles ¡Alto! Pero también veo que
estoy rodeado de un montón de guardias,
y grito lo que gritan todos: ¡HEIL!

30

Como detesto bajezas y necesidades
mi arte no tiene aprobación en este tiempo.
Porque a la mugre de vuestro mundo de maldades
le hace falta -lo sé- mi consentimiento.

BERTOLT BRECHT


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emanas de hambre de ansias de lectura, y de sequía literaria, han sido interrumpidas por una suerte de diluvio, banquete y manantial en medio de árido desierto, que se ha materializado en mi vida a través de la morfología propia de un pequeño y sofisticado libro que llegó a mis manos, y que recopila poesía del alemán, y socialista sin bandera de partido definida, Bertolt Brecht.

     El siglo XX, y su hermano el siglo XXI, han sido y son hoy la era del consentimiento y de la justificación de la estupidez humana. Los instrumentos más mordaces con los que la era del consentimiento levanta sus cosechas son la banalización de las ideologías, la justificación del capitalismo como único modelo de vida asequible a la razón humana, y la venta (por parte de este último) de falsos espíritus revolucionarios que sólo se llevan a cabo en el ámbito de las zonas de confort o de pertenencia a un cierto grupo determinado. A todo ello podemos sumar, por qué no, la creencia ciega en la técnica y en la ciencia (cuando no aún en la religión), y en el ideal de “vida maravillosa” propia del proyecto burgués, que no nos conduce a otro sitio que al hecho de dejar de mirar hacia el costado (lugar en que se lleva a cabo el eterno desfile de males), o hacia el centro y el interior mismo de las problemáticas de nuestra vida. La comodidad propia del consentimiento y el conformismo (por cobardía o por confort) lleva a no preguntarnos las verdaderas preguntas diarias que a diario deberíamos preguntarnos. Y acá no hay ningún abuso de la repetición: “preguntas diarias que a diario deberíamos preguntarnos”. Justamente el “no consentimiento a este mundo” estaría hecho de reiterar, de reincidir, de insistir en cuestiones que hacen a la esencia universal del hombre, es decir, a todas esas controversias que vuelven como eterno retorno a los seres humanos a lo largo y ancho de la historia.

   La propia raíz de la palabra consentir, la cual simplemente significa “permitir”, “otorgar” algo, nos revela de manera oculta en su prefijo “con” (que quiere decir todo, junto), que el consentimiento no es una acción permisiva individual, sino que tiene el agravante de ser una acción colectiva: “todos juntos, consentimos, permitimos, otorgamos tal o cual cuestión”.

     Cualquier persona que manifieste el disentimiento a este mundo tal y como nos es dado, no puede mantenerse ajeno al expresionismo kafkiano, a la náusea y la angustia sartreana, a la incertidumbre que le produce al hombre el saber que “Dios ha muerto”, a la literatura de Camus, de Don Ernesto Sabato (a quien en estas tierras tildan de lacrimoso), al existencialismo cortazariano, a la alienación que en términos heideggerianos abruma al hombre a través del desarrollo atroz y mordaz de la técnica, la ciencia, y el pensamiento lógico. Y la lista podría extenderse de manera amplia más allá de los existencialistas y expresionistas; sobre todo tendría nacimiento en los poetas románticos, en el germen de los denominados poetas malditos (desde sus inicios en Rimbaud, Verlaine y Baudelaire, pasando por la línea de Artaud, hasta desembocar en Bukowski, Carver y en la línea actual de poetas como Bob Dylan, Jim Morrison o Ian Curtis), y podría alcanzar a los beatos beats.

     Los verdaderos escritores universales han sabido disentir y no consentir, sin concesiones demagógicas atadas a tal o cual ideología que pierden el horizonte de un fin único e inmediato: la angustia del hombre. Ha dicho Julio Cortázar al respecto de este tema en sus Clases de Literatura en Berkeley: “Si un escritor es un hombre que está comprometido en un campo de tipo ideológico, y escribe sobre eso, como escritor está cumpliendo su deber, y si al mismo tiempo sigue paralelamente cumpliendo una tarea de literatura por la literatura misma, es absolutamente su derecho y nadie puede juzgarlo por ello. Ustedes saben muy bien que esto lleva a ese tema que se llama la literatura comprometida, que ha hecho correr tanta tinta y gastar tanto papel y sobre la cual nadie está todavía demasiado de acuerdo. Recuerdo que un humorista un poco cínico dijo: ‘Los escritores comprometidos harían mejor en casarse’. Sin ser el autor de esa frase, que me parece un poco reaccionaria aunque muy divertida por cierto (…) me permite afirmar el hecho de que un escritor que se considere comprometido, en el sentido de solamente escribir sobre su compromiso, o es un mal escritor o es un buen escritor y se está limitando, está cerrando totalmente el campo de la inmensa realidad que es el campo de la escritura y la literatura y se está concentrando en una tarea en que probablemente los ensayistas, los críticos y los periodistas harían mejor que él. (…) Creo que a nosotros los escritores, si algo nos está dado es colaborar en lo que podemos llamar la revolución de adentro hacia afuera; es decir, dándole al lector el máximo de posibilidades de multiplicar su información, no sólo la información intelectual, sino también la psíquica (…). Si algo puede hacer un escritor a través de su compromiso ideológico es llevar a sus lectores una literatura que valga como literatura y que al mismo tiempo contenga, cuando es el momento o cuando el escritor así lo decide, un mensaje que no sea exclusivamente literario”.

     Y esta cuestión de la revolución desde adentro, o de la capacidad que tiene el hombre según el existencialismo, de hacerse cargo de su propio destino, de construir su propia esencia, y de truncar todo tipo de hado, está intrínseca e íntimamente relacionada con el expresionismo. El expresionismo parte de la individualidad y la subjetividad del hombre, y el existencialismo, de alguna manera va en la misma línea. Pero en raíz a dicha cuestión, el marxismo ha tildado a la corriente filosófica harto desarrollada por Sartre como una filosofía quietista, individualista y egoísta. Pero cualquier socialista sin bandera política o ideológica restrictiva, muy bien sabe, que las revoluciones comienzan dentro de uno, en la subjetividad e individualidad de hombres y mujeres, para luego manifestarlas hacia el exterior, para llevarlas hacia el “afuera”, hacia lo colectivo, a la comunidad o al interés social en general. Las literaturas que nacen desde el sufrimiento universal del hombre, no atentan contra lo colectivo, sino que son el punto de nacimiento de todos los problemas que atañen al hombre, son ese adentro desde el que nace la revolución, para exteriorizarse cual técnica expresionista hacia el afuera. Decía Sabato en función a la crisis del surrealismo que el hombre no era ni pura racionalidad, ni pura irracionalidad, y que a partir de dicha cuestión era necesario encontrar una síntesis, un equilibrio entre ambos extremos; “El que no comprenda esta necesidad no comprenderá tampoco cuáles son los grandes problemas del hombre de hoy. Y, en consecuencia, cuáles son los dilemas más centrales de nuestro tiempo”. Quienes no logren comprender la urgente necesidad de encontrar un punto de equilibrio entre racionalidad e irracionalidad, y quienes se mantengan insensibles a estas expresiones artísticas enumeradas anteriormente,  propias de la esencia más profunda del ser humano, “no comprenderá cuáles son los grandes problemas del hombre de hoy”,  ni “cuáles son los dilemas más centrales de nuestro tiempo”; el hombre de hoy y nuestro tiempo, el inicio del hombre y el siglo XXI, son sólo uno y el mismo de siempre.


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By Augusto Morelli– (F.M.)

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