Al conductor mendocino, uno de los heraldos negros (Microrrelato de Tom Sawyer) – [Aguasucias bahienses]

Al conductor mendocino que, como uno de los Heraldos negros,

me levantó amablemente en la ruta 35 el 9-9-2015.

 

     Ni un puto rayo de sol. La ruta 35 era un infierno helado en pleno mediodía, mis únicos compañeros mientras esperaba que algún auto me levante para llevarme 80 km. hasta la ciudad, fueron los heraldos aquellos del poeta peruano a los cuales él describía como “las caídas hondas de los Cristos del alma”. ¿Exagerado? Puede ser, pero no pude hacer más que reconstruir ese mediodía con un nuevo lenguaje para transformar tan cotidiano momento en un nuevo mundo. Porque mientras los obreros arreglaban la entrada al pueblo, mientras los pájaros volaban en círculos en el cielo y yo esperaba, apenas tratando de fumar un cigarrillo sin congelarme, el lenguaje me reveló que ahí, donde yo estaba, existían otros mundos si solamente era capaz de enfrentarlo. El lenguaje se contradecía. Me encerraba herméticamente en él, me dominaba y me tapaba los ojos, pero al mismo tiempo, me revelaba algo. A la media hora de esperar, una camioneta que traía un tráiler lleno de porquerías frenó.

-¿Hasta dónde vas?- me interrogó el conductor mientras fumaba un cigarrillo.

-A Bahía-

-Subite-

     Como un rayo tiré mi mochila en el asiento trasero (también atestado de porquerías) y me subí al auto. La ruta se abría al mismo tiempo que se abrían las páginas de un libro de la mano de un Dios enfermo y golpeador pero amable al fin, el run-run de la carcacha, armadura de aquellos heraldos de América del Sur, era un golpe que se estancaba en la brea y mientras la gramática trataba de cegarme con el sol, el mendocino somnoliento decía que “los milicos no hacen más que joder al que trabaja”, que “no prendo la calefacción porque me duermo”. Lejos de querer oír explicaciones de tan amable argentino trabajador que me levantó en la ruta y  que en el preciso momento en que el momento fue preciso encendió la radio para dejar escapar Civil War, me perdí en la salobre sensación que me dejaron los endecasílabos y alejandrinos de 1918. El lenguaje se suspende y me suspende y a pesar de que lo manifiesto es sólo una coraza que protege algo más sensible, se empecina en transformarse en una convención para que podamos comunicarnos. ¿Cómo recordarlo todos los días? anoto en el margen de la página 11 sin que me vea mi acompañante y crea que estoy loco, ¿Que si soy docente? No, todavía no, pero sí, doy clases. “¿Cuántas escuelas se caen a pedazos y cuántos hospitales?” comentó entonces el conductor desesperanzado con los ojos cansados y las manos cortadas por el frío y los años

I don’t need your civil war 

     las manos cortadas por el frío y los años, como buen heraldo acorazado, bárbaro y de ojos locos pero con un Dios escondido y arropado entre sus huesos, un Dios dormido valiente y temeroso.

-¿Puedo fumar?- pregunté

-Claro-

     12:35 del mediodía. Era la hora exacta para romper con la convención del lenguaje que se vuelve correccional para quien quiera especular un cosmos diferente, era la hora exacta para madurar las oraciones y dejarlas caer del árbol, para inventar mi propia sintaxis, mi propia semántica, inventar la puerta y la llave y por qué no eso-que-está-del-otro-lado afuera (o adentro o al costado de las cosas) y se expande hasta el infinito.


By Tom Sawyer – (T.G.)

Otras publicaciones del mismo autor: #TomSawyerTG

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