Volver (Un cuento de Tom Sawyer)

     -Voy a tomar distancia, si a usted no le molesta- le dije respetuosamente mientras le daba un sorbo al café para no tener que mirarla a los ojos-. Serán, como mucho, dos o tres meses. No es que ya no me agrade, es culpa de la esencia misma de nuestra relación-.

     Teresa me miraba frunciendo el ceño mientras fumaba un cigarrillo. Detrás de ella, por el inmenso ventanal de la confitería de Santa Fe y Scalabrini Ortiz, se producía una danza interminable de peatones que trastabillaban ante las confusas órdenes de un semáforo descompuesto.  Teresa fue la única que aceptó esta locura.

     -Como le decía- continué- fue la esencia misma la que me llevó a tomar esta decisión tan drástica. La puja constante entre la verdad y la mentira, la confusión que produce estar permanentemente entre la luz y la oscuridad, entre el ego y la miseria. Ya no sé quién soy.

     Ahora su mirada era de compasión. Sabía a la perfección que no estaba mintiendo pero es incapaz de ser algo que no es y no tiene la culpa, por supuesto, la culpa es del lector, y tal vez  un poco de la crítica. Pero sobre todo del lector. Mi culpa.

     -Verá, no puedo siquiera mirarla o escuchar lo que dice. Aquello que tanto me enloquecía y me llenaba de algo tan difícil de definir, hoy me llena de bronca, me aburre, hasta me da un poquito de asco, si no se ofende. Es fácil ser usted, ir por ahí con su altivez, su gracia, su misterio y su sabiduría, encendiendo sus cigarrillos y siendo el tema en boca de todos. Pero yo me di cuenta de algo-.

     Ahora estaba atenta. El mozo se acercó y se llevó las tazas vacías. ¿Otro café? preguntó amablemente tratando de averiguar qué era lo que estaba pasando. Sí, otro café, le dije sonriendo falsamente. Ahora estaba atenta. Yo tenía el control otra vez, era mi momento y traté de estirarlo. Miré la hora, revisé el celular, suspiré, tenía que aprovecharlo y además, Teresa iba a cobrar el dinero acordado de todas formas, así que no tenía por qué preocuparme.

     -Me di cuenta- dije haciéndome el desentendido- que usted no tiene contenido-. Su cara fue de asombro, ¡muy bien Teresa!, ¡qué bien hace su papel! -¡Sí!- le dije emocionado- ¡usted no tiene contenido, es pura forma, puro zarandeo, de acá para allá, lanzando palabras bonitas y bien ubicadas para engatusar al pobre tipo como yo!-.

     ¡Qué bien me sentía!, estaba llegando al final de la escena y todo marchaba a la perfección. El mozo trajo la segunda ronda de café y di un sorbo victorioso. Afuera comenzaba a llover. Era perfecto. El agua se reflejaba en el asfalto y en las luces de la ciudad. Entonces habló. En un primer plano de su rostro se destacaron sus labios carnosos pintados de rojo, su piel morena, su lunar en la mejilla.

     -Usted sabe- dijo con un acento sensual y extranjero- que nada de lo que diga puede siquiera afectarme-.

     ¡Excelente Teresa!, ¡es usted una profesional! Me siento ahora con tanta bronca y tanta desdicha que rebalso de satisfacción.

     -Lo sé, lo sé- dije encendiendo un cigarrillo- pero fueron tantos años, tantas víctimas incrédulas, tanto amor…sobre todo eso, tanto amor. Me perdí en usted, me dejé llevar, me la pasé hablando de usted, traté de descubrirla, hasta quise imitarla. Y en toda esa vorágine me olvidé de algo fundamental. Dejé la pausa y entonces ella dijo: ¿Qué cosa? –La vida, mujer, la vida. Con usted fui un héroe, fui protagonista, fui un erudito y entre tantos beneficios y placeres, no lo vi venir. Nadie lo tiene todo amiga mía, nadie. Todos hablan de usted, todos conocen su historia, pero nadie puede explicarla. Todos la disfrutan, la analizan, la recomiendan, pero nadie la tiene realmente. Todos se llenan la boca y hacen alarde de haberse enamorado de usted, pero nadie sabe bien qué es el amor tampoco. Todos se creen un poco mejor cuando comparten sus minutos con usted, pero luego compiten poniéndose en un nivel superior al resto de los seres humanos y van a estos lugares a hablar de usted, pero nadie se escucha, nadie hace nada. Sólo sentarse en sus sillones y autoproclamarse académicos e intelectuales. Pero conmigo no, mujer, conmigo no vas a poder-.

     Ahora nos quedamos callados. El sonido de la lluvia retumbaba en los cristales fundiéndose con el tránsito y el murmullo del bar. La toma era ahora mía. Agitado, deshecho, al borde del llanto. Teresa volvió a sentir compasión por mí. La poderosa Teresa, la infinita.

     -Nadie lo tiene todo Julio, vos lo dijiste, nadie. Yo sólo quería ayudarte-.

     Ahí está. Su última línea, la devastadora. La que me recuerda que es invencible, intocable. La que me recuerda que su fluir no se puede detener. Entonces aprieto los dientes y cierro mi puño izquierdo apoyado sobre la mesa. No Teresa, no.

     -¿Sabés lo que pasa?, yo soy el protagonista, el héroe. No necesito que nadie me ayude-.

     El silencio se apoderó del lugar. Quienes estaban observando el espectáculo quedaron paralizados, la lluvia se detuvo y los grandes focos de luz se apagaron. Alguien vino y me dijo algo al oído, alguien llegó y felicitó a Teresa y luego se la llevó quién sabe dónde. Yo me quedé angustiado por unos segundos, había sido un momento intenso y me costó recuperarme. Me quedé mirando el ventanal  y el reflejo del agua en el asfalto. Por un momento me confundí y me olvidé de lo que estaba haciendo, es el riesgo que tiene este trabajo, pensé. Cuesta ser Otro, pero cuando lo logramos, cuesta volver de ahí y fingir que nada pasó.     


By Tom Sawyer – (T.G.)

Otras publicaciones del mismo autor: #TomSawyerTG

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