12 canciones de Carlos Gardel, “El Mudo”, por Julio Cortázar

 “Hasta hace unos días el único recuerdo argentino que podía traerme mi ventana sobre la rue de Gentilly era el paso de algún gorrión idéntico a los nuestros, tan alegre, despreocupado y haragán como los que se bañan en nuestras fuentes o bullen en el polvo de las plazas. Ahora unos amigos me han dejado una victrola y unos discos de Gardel”.

“Gardel” – La vuelta al día en ochenta mundos – Julio Cortázar

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on las palabras citadas previamente principia Cortázar un texto sobre Gardel que fue publicado originalmente en la Revista SUR, hacia fines de 1953, y que fue escrito durante los primeros días de la estancia de Julio en Francia tras haber abandonado y echar de menos, quizás, nuestras tierras o por lo menos por haber sido invadido de la nostalgia que nos recuerda a la Argentina que alguna vez fuimos y que quedó en el pasado. Julio Cortázar cierra su texto en cuestión con dos anécdotas (que serán útiles para inaugurar el propio) que reflejan lo que significó en el mundo y en el país Carlos Gardel. El autor cuenta que cierto día en un restaurante de la rue de Montmartre, entre porción y porción de almejas a la marinera, cayó en hablarle a Jane Bathori (mezzosoprano francesa de vital importancia en el repertorio de ópera moderno) de su cariño por Gardel. Supo entonces que el azar en algún momento reunió a Bathori y a Gardel en un vuelo, y entonces Julio le preguntó: “¿Y… qué le pareció Gardel?”. Ella le contestó emocionada: “¡Era encantador, muy encantador! Me causó una gran satisfacción”, y luego agregó: “¡Y qué voz!”. La otra anécdota narrada en el texto publicado en SUR se centra en las afueras de un cine del barrio sud en Argentina, donde exhiben Cuesta abajo y un porteño de pañuelo al cuello está a punto de entrar. Entonces un conocido lo cruza y desde la calle le pregunta: “¿Entrás al biógrafo? ¿Qué dan?”, y el otro muy tranquilo responde: “Dan una del mudo…”.

     En la prosa de su ensayo el escritor argentino denuncia que los mejores tangos de Gardel fueron los de su etapa primitiva; por un lado los que nacieron en los tiempos de la dupla Gardel-Razzano: La cordobesa, El sapo y la comadreja, De mi tierra; y por otro lado aquellos tangos que vieron la luz en los tiempos de su voz sola, alta y llena de quiebros, con las guitarras metálicas crepitando en el fondo: Mi noche triste, La copa del olvido, El taita del arrabal. Cortázar expresa que quienes crecieron en la amistad de los primeros discos del “Mudo” saben que mucho se perdió de Flor de fango a Mi Buenos Aires querido, de Mi noche triste a Sus ojos se cerraron. En ese cambio, según Julio, se refleja el vuelco de la historia moral y social del país. El Gardel de los años veinte contiene y encierra al porteño Carlos Gardelensimismado en su pequeño mundo satisfactorio, mundo que posteriormente se convierte en pena, traición y miseria: armas con las que atacarán luego los porteños y provincianos resentidos y frustrados. Existe una última y precaria pureza que separa y preserva los últimos años de Gardel del menoscabo social y cultural que significaron el radioteatro y los boleros. Cortázar asegura que Gardel crea cariño y admiración, da y recibe amistad sin ninguna de las “turbias razones eróticas” a las que apelaban los cantores tropicales de aquellos tiempos (y a las que hoy siguen apelando los derivados de ese género funesto) para sostener su renombre, o la mera delectación en el “mal gusto y la canallería resentida” que explican las razones de lo que fue el triunfo del aclamado representante del peronismo Alberto Castillo. El autor afirma que Gardel cantando un tango refleja y expresa el estilo del pueblo que lo amó, aclara que la pena o la cólera de Gardel son concretas, y no utiliza el pretexto agresivo fácil de descubrir en la voz histérica del cantante de por aquel entonces nuevo tiempo, Castillo, que estaba muy bien afinado a la histeria de sus oyentes. Es inminente la referencia nuevamente al peronismo, doctrina política y social que tanto rechazo generaba en el autor por aquel entonces y que en ocasiones se ha dicho que lo llevó a abandonar el país. Refiriéndose a estas regresiones que él mismo llama “morales”, y que hoy día podemos considerarlas también sociales y culturales, Cortázar señala que “no sólo las artes mayores reflejan los procesos de una sociedad”.

     El tango preferido por sobre todos los tangos grabados por Carlos Gardel y de todos los tangos en general, por parte de Julio es Mano a mano.

Que el bacán que te acamala tenga pesos duraderos,

Que te abrás en las paradas con cafishos milongueros,

Y que digan los muchachos: ‘es una buena mujer’”.   

GARDEL-LEGEND

De izquierda a derecha: Carlos Gardel jugando cartas con sus amigos Marguerite Vignou, Victor Damiani, José Ganduz y Adamo Diduv, a bardo del Conte Rosso, 12 Junio de 1928.

     “Tal vez prefiero este tango porque da la justa medida de lo que representa Carlos Gardel. Si sus canciones tocaron todos los registros de la sentimentalidad popular, desde el encono irremisible hasta la alegría del canto por el canto, desde la celebración de glorias turfísticas hasta la glosa del suceso policial, el justo medio en que se inscribe para siempre su arte es el de este tango casi contemplativo, de una serenidad que hemos perdido sin rescate”. Julio concluye diciendo que ese equilibrio de Gardel era hermoso y que fue roto de manera definitiva y quizás irrecuperable por el desbordamiento de la bajeza y del triste humor que aparejaron los nuevos discos populares de las figuras que emergieron después del “Zorzal”. “En su voz de compadre porteño se refleja, espejo sonoro, una Argentina que ya no es fácil evocar”.

     Cortázar añora desde Francia una Argentina anterior a la que él vivió; quizás víctima del detrimento peronista tanto en lo cultural, lo político y lo social. El escritor argentino como buen nostálgico añora los primeros tangos de Gardel, aquellos tangos que con el paso del tiempo fueron perdiendo la autenticidad de su voz de arrabal tal y como le llegaba al pueblo a pesar de que no podía escucharlo en persona. Quizás la nostalgia sea propia de los inconformistas. Yo, desde el encierro y la inminente muerte del día en manos de la atroz noche de domingo, sentado frente a esta estúpida e insensible “máquina de escribir del futuro” (llamada computadora y devenida en teclado inalámbrico), pienso y entonces añoro la Argentina de Borges, la de Cortázar y Sabato, la Argentina de Gardel, la Argentina de Hipólito Yrigoyen y la de aquel pueblo que tenía certezas políticas, que distinguía banderas e ideologías, el ser y el deber ser: una nación en la que no todo era ni valía lo mismo. Quizás la añore porque nunca la conocí. Porque si le hago caso a “Cambalache”, quien vivió parte de aquellas épocas doradas de nuestro país, denuncia que nuestro hado ha sido escrito desde el inicio con la tinta de la tragedia:

“El mundo fue y será una porquería ya lo sé
En el quinientos seis
y en el dos mil también.

Hoy resulta que es lo mismo 
ser derecho que traidor
 
Ignorante sabio o chorro
 
generoso o estafador.
 

Todo es igual
nada es mejor
 
lo mismo un burro
 
que un gran profesor”.
 

     Y un texto que en principio había nacido para homenajear a Gardel y a Cortázar, inevitablemente se volvió recuerdo y nostalgia. Porque bien ha dicho Adriana Yáñez Vilalta en alguno de sus ensayos filosóficos que la nostalgia es “regreso” y “sufrimiento”; la nostalgia es el sufrimiento causado por un hecho concreto: no poder regresar. Y es por eso Carlos Gardel 6que añoramos a Julio, a Borges, a nuestra Argentina pasada, porque sabemos que ya no podemos regresar. Y por esa enfermedad llamada nostalgia el mismo Julio dice: «Los jóvenes prefieren al Gardel de El día que me quieras (…). Es más atrás, en los patios a la hora del mate, en las noches de verano, en las radios a galena, (…) que él está en su verdad, cantando los tangos que lo resumen y lo fijan en las memorias». Pero recordar es permanecer y efectivamente ha estado en lo cierto el maestro Sabato cuando en Sobre héroes y tumbas nos decía: «Resulta (…) curioso y paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son constantes y sistemáticamente desesperanzados, (…) en cierto modo, parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante aunque lo disimulen debajo de su negra envoltura de amargados universales». En esa cita se resume el alma de este texto, que si bien pareciera ser desesperanzador, no es más que un grito de esperanza puesto en el futuro, porque bien sabemos que para permanecer es necesario recordar, porque aún sé que estoy vivo y permanezco, porque recuerdo el glorioso sábado que fue ayer, junto con el hecho de saber que en algún momento nuestro país fue glorioso y podrá volver a serlo. Todo lo que fue será.

Sin más que decir los doce tangos preferidos por Julio Cortázar de Carlos Gardel…

1) Mano a mano

2) La cordobesa

3) El sapo y la comadreja

4) De mi tierra

5) Mi noche triste

6) La copa del olvido

7) El taita del arrabal

8) Flor de fango

9) Mi Buenos Aires querido

10) Sus ojos se cerraron

11) Cuesta abajo

12) El día que me quieras


By Nicolás Alejandro Scarponi – (F.M.)

Otras publicaciones del mismo autor: #NicolásAlejandroScarponiFM

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