Prólogo de J.L.B. a El oro de los tigres: “Un idioma es una tradición, una forma de sentir la realidad”

     “La lingüística no salvará al mundo”, grita algún poeta anónimo, alcoholizado y olvidado en medio de la urbe, por eso se lo ignora. “Abran sus ojos y libérense de las cadenas que los atan a una realidad ilusoria”, denuncia un filósofo anónimo en un bar, y su frase no pasa a ser más que un cliché desmerecido, porque quien dice esas palabras no es en realidad un Profesor de Filosofía (graduado en una pintoresca universidad con los “honores” de Licenciado en Filosofía) dando una clase en nivel terciario (siendo que en verdad este último es el recitador de clichés).

     “Para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente lo es” y “Descreo de las escuelas literarias, que juzgo simulacros didácticos para simplificar lo que enseñan”,  dice J. L. Borges, e inmediatamente, irónicamente y paradójicamente, una serie de eruditos se lanzan a la carga analizando lingüísticamente estas palabras, queriendo interpretarlas a partir de un análisis teórico o metodológico de tal o cual escuela de pensamiento o literaria, o simplemente buscándoles una utilidad práctica o didáctica; lanzando así al mismísimo infierno la idea que el poeta quería expresar.

     Ese es el error que se comete siempre: pensar que las preocupaciones filosóficas (tales como las que el maestro persiguió desde pequeño) deben tener un sustento práctico, lógico, útil o que nos ayude a definir la realidad, en lugar de “sentir” la realidad. Ferdinand de Saussure definió a la lengua como un conjunto o sistema de elementos y convenciones que permiten ejecutar la capacidad del lenguaje, es decir la capacidad de expresar pensamientos y sentimientos por medio de signos de carácter arbitrario; contrario a esta idea de carácter teórica (como el mismo Saussure la considera), Borges nos propone una definición más allá de la ilusión del hombre por asir lo “real”, lo intangible como tangible, “porque Thor no es el dios del trueno, es el trueno y el dios“, y “un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos”. Pero una cosa es repetir estas palabras, y otra muy distinta es creerlas verdaderamente, el maestro ha sido uno de quienes las creían, de quienes hicieron poesía la vida, de los que supieron siempre que TODO-ES-FICCIÓN,  y nosotros también creemos en ello… y en él. Porque Borges es el maestro de la literatura, y es la literatura, y no confiamos en él por esta última razón, confiamos en él como el verdadero hombre fue (hombre sin distinguir géneros, como habitante del mundo), el Borges anónimo.

P R Ó L O G O

     De un hombre que ha cumplido los setenta años que nos aconseja David poco podemos esperar, salvo el manejo consabido de unas destrezas, una que otra ligera variación y hartas repeticiones. Para eludir o siquiera para atenuar esa monotonía, opté por aceptar, con tal vez temeraria hospitalidad, los misceláneos temas que se ofrecieron a mi rutina de escribir. La parábola sucede a la confidencia, el verso libre o blanco al soneto. En el principio de los tiempos, tan dócil a la vaga especulación y a las inapelables cosmogonías, no habrá habido cosas poéticas o prosaicas. Todo sería un poco mágico. Thor no era el dios del trueno; era el trueno y el dios.
     Para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente lo es. Que yo sepa, nadie ha alcanzado hasta hoy esa alta vigilia. Browning y Blake se acercaron más que otro alguno; Whitman se la propuso, pero sus deliberadas enumeraciones no siempre pasan de catálogos insensibles.
     Descreo de las escuelas literarias, que juzgo simulacros didácticos para simplificar lo que enseñan, pero si me obligaran a declarar de dónde proceden mis versos, diría que del modernismo, esa gran libertad, que renovó las muchas literaturas cuyo instrumento común es el castellano y que llegó, por cierto, hasta España. He conversado más de una vez con Leopoldo Lugones, hombre solitario y soberbio; éste solía desviar el curso del diálogo para hablar de “mi amigo y maestro, Rubén Darío”. (Creo, por lo demás, que debemos recalcar las afinidades de nuestro idioma, no sus regionalismos.)
     Mi lector notará en algunas páginas la preocupación filosófica. Fue mía desde niño, cuando mi padre me reveló, con ayuda del tablero del ajedrez (que era, lo recuerdo, de cedro) la carrera de Aquiles y la tortuga.
     En cuanto a las influencias que se advertirán en este volumen…En primer término, los escritores que prefiero —he nombrado ya a Robert Browning—; luego, los que he leído y repito; luego, los que nunca he leído pero que están en mi. Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad, no un arbitrario repertorio de símbolos.

J.L.B.

Buenos Aires, 1972.


By Nicolás Alejandro Scarponi – (F.M.)

Otras publicaciones del mismo autor: #NicolásAlejandroScarponiFM

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