Juegos mentales: el último policía del Karma (Un relato de Augusto Morelli)

     Thomas Edward fue elegido de manera unánime por el Tribunal del Consejo de Defensores del Dharma para cumplir una misión esencial: restituir un acto que había alterado el normal curso de los hechos, dentro del eterno e infinito ciclo divino. Nuestro héroe fue enviado desde el pasado, desde el futuro o quizás desde cualquier punto dentro del espacio y el tiempo hacia 1980, el año de inflexión, en que según los registros celestiales ocurrió el “acontecimiento”. Así llamaban los sabios y añejos defensores al suceso que alteró el orden sagrado del Karma. Y justamente, el suceso, no era ni más ni menos que el asesinato de uno de los más antiguos defensores del Dharma a lo largo de todas sus reencarnaciones en la tierra.

     El joven misionero llegó a la ciudad de Nueva York, el escenario en donde se desarrollarían los hechos, con unas cuantas horas de ventaja para felizmente truncar el infausto destino. En la puerta del edificio con el que se enfrentaba Thomas, éste observaba a la distancia a Winston, el antiguo Defensor Divino, quien firmaba cortésmente la copia de un disco y se la entregaba a un hombre ojeroso de estatura por debajo del promedio.

     -¿Es todo lo que quieres? –preguntó Winston amablemente al hombre de ojeras violáceas.

     El hombre no emitió palabra, tan sólo asintió con la cabeza. Winston se subió a un coche negro que se perdió en la ferocidad de los edificios y del sol a media mañana. Thomas aguardó en su lugar, siguiendo al pie de la letra las indicaciones recibidas. Así pasaron las horas, y no sólo un par de horas, casi medio día, hasta que Winston regresó junto con su esposa al edificio Dakota. Lo que para cualquier hombre era una espera eterna, para Thomas tan sólo había sido un instante, unos segundos, tan sólo un par de minutos en medio de la gente que corría de un lugar a otro, atendiendo a sus preocupaciones mundanas desde la juventud alborozada del día hasta el anciano crepúsculo de la tarde.

     Había caído la noche, eran aproximadamente las 22.50 hs. cuando Winston y su esposa bajaban del auto. El hombre de escasa estatura y de prominentes ojeras que había interceptado en la mañana a Winston, había vuelto a la puerta del edificio y escondía sus nerviosos ademanes entre las sombras. Fue entonces cuando Thomas supo que era el momento y decidió cruzar la avenida. El coche estacionó sobre la Calle 72, a pesar de la posibilidad de ingresar directamente hacia el patio del edificio Dakota, por demás un lugar seguro. Winston y su mujer habían llegado a casa unos minutos antes para darle las buenas noches a su pequeño hijo de 5 años, a tiempo de que se vaya a la cama. Así debía suceder… y Thomas lo sabía.

     Yoko bajó primero y se adelantó hasta la recepción, Winston la seguía por detrás. En esos segundos el hombre de las ojeras sale de las sombras empuñando un calibre 38, al grito de “Señor Lennon”. John Winston Ono Lennon se vuelve hacia el extraño a quien esa misma mañana le había firmado una copia de Double Fantasy. Thomas Edward, el protector del Dharma, tras cruzar la avenida, poner un pie sobre la vereda y escuchar la señal, se abalanza sobre Lennon milimétricamente en el momento exacto en que el atacante abre fuego. El primer disparo, producto de la acción intempestiva del protector, resultó inexacto y fallido e impactó contra uno de los vidrios de la puerta de recepción del edificio. Los cuatro disparos siguientes impactaron directamente sobre Thomas: dos en la espalda y dos en el brazo izquierdo, exactamente en el mismo lugar en que tiempo atrás o tiempo adelante habían impactado mortalmente en el ser del músico y pacifista mundial. El portero del Dakota salió al exterior del edificio tras el ruido de las detonaciones y observó estupefacto a John levantarse y reincorporarse, y a un hombre de larga cabellera color ceniza y con peinado de pirata abatido en el suelo. El tirador, que posteriormente sería identificado como Mark David Chapman, estaba de pie atónito, presuroso y desencajado frente a la forma en que se resolvían los hechos. Tenía en el tambor de su calibre 38 solamente una última bala, para ahora tres hombres, porque se asomaba desde el interior del edificio un custodio de seguridad; Chapman sacó del bolsillo del abrigo un pequeño libro y lo sostuvo con una mano, al tiempo que con la otra apretaba el revólver contra su sien y ejecutaba el tiro de gracia con destino último en su cabeza. Se preguntarán entonces, ¿por qué no profirió ese último disparo contra Lennon? El curso del Karma había sido restablecido y de alguna extraña manera recordó vívidamente la infinidad de vidas con las que anteriormente o posteriormente (todo ciclo es una rueda sin principio ni fin) tuvo que pagar penosa y desdichadamente tras asesinar a un protector del Dharma. Decidió entonces reivindicarse. “Every thing in its right place” fue lo último que se le escuchó decir al misterioso viajero antes de abandonar la Calle 72, como quien sabe cómo desaparecer completamente.

     Fue así y no de otro modo, que Thomas Edward York (más conocido por nosotros como Thom York), policía y protector del Karma, cumplió nuevamente con su misión. Y digo nuevamente porque esta vez le salvó la vida a John Lennon revirtiendo así el infausto destino de aquel “acontecimiento” que alguna vez había alterado el ciclo y orden divino del Dharma. En una vida anterior (o posterior, sigo insistiendo), no logró salvar a Lennon, pero sí logró su redención salvaguardando el legado musical y espiritual de uno de los cuatro protectores de Liverpool. En esa etapa del ciclo nos encontramos nosotros, mientras acusan de demente a Thomas por denunciar nuevas formas de nazismo (la sandez de Spotify y los negocios de Youtube), jugando esos juegos mentales y rememorando o esperando el día en que nuevamente York salve a John Lennon, y de no ser posible, nos salve a nosotros de la estupidez humana.


By Augusto Morelli– (F.M.)

Revista Fervor de Bahía Blanca © Todos los derechos reservados.

Otras publicaciones del mismo autor: #‎AugustoMorelliFM‬

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