Otra “Máquina de hacer pájaros”, en otra versión de “La Factory” – [Aguasucias bahienses]

“Un amor real es cómo vivir en aeropuerto”

“Pasajera en trance” – Charly García.

     No era sólo su nombre lo que lo hacía imponente, Ramsés captaba todo lo que sucedía a su alrededor y lo absorbía como un prisma en plena oscuridad, podría haber sido, sin duda alguna, la imagen en la portada de algún disco de Pink Floyd, ya sea por estar atravesado por la luz o por estar prendido fuego. Alrededor de la mesa, también, otros personajes fumaban y hablaban de cosas que hoy no recuerdo ya que me encontraba sumergido en la práctica de los temas que debía tocar en las próximas horas. Hoy, que puedo hacer memoria, me transformo en un observador invisible y viajo hacia aquella cocina en el Taller de los Muraleros donde todos fuimos piezas fundamentales de una máquina pensante que es probable que tenga vida propia, un lugar ajeno al mundo pero que a su vez latía como una bestia dormida en la helada noche de la ciudad. Como debe ser, llegue allí por casualidad, porque una amiga me llamó y me pidió que toque el bajo el Sábado a la noche, que toque temas que nunca había tocado para acompañar a un cantautor que no conocía en un lugar al que nunca había ido.

     Y ahí estaba. Sentado a una mesa junto con personas que escaparon de algún libro de Kerouac y llegaron ahí haciendo dedo en la ruta, con el cuerpo cansado pero con la esencia intacta, dispuestos a tejer, palabra por palabra, un lenguaje nuevo. En el salón principal, los autoestopistas de la carretera intergaláctica se saludaban y compartían lo que sea que un ser lleva consigo y puede compartir, yo caminaba entre ellos, entre los murales, cerca de una salamandra. El ambiente que flotaba en el salón, emulaba aquellas fiestas de la factory de Warhol en los 60’s, en las que se podían observar a Dylan, Bowie, Jagger, Morrison, Lennon, artistas, poetas, músicos y bellísimas mujeres plásticas y vanidosas, moviéndose al ritmo de la psicodelia y los alucinógenos; en ese salón oscuro, en Bahía Blanca, al lado del ferrocarril, no faltaba una belleza salvaje como la de Edie Segdwick, pero se podía percibir a la vez una contracara de la frivolidad, la vanidad, la superficialidad y las formas. Era como una fiesta de la factory, por su esencia, por el espíritu y la pasión que transmitía, pero a la vez, no era inmaculada, era sucia y era verdaderamente sucia porque tenía vida. Porque todo lo que no está sucio es como la muerte; ya lo dijo Jean Paul Sartre, el lugar en donde nos encontremos no será en cualquier tipo de retiro, sino en el camino, en la muchedumbre, en la ciudad, en la suciedad. Porque él quería que la filosofía vuelva a la calle, a la gente común, aunque quizás el precio que tengamos que pagar, por el despertar, sea cierta “seducción callejera”.

     Y ahí me encontraba, esperando escuchar a los Jagüeles que abrirían el show con su sonido tan particular, ese sonido que es a veces como una ventana y a veces un túnel, me senté a un costado y recordé Buenos Aires, y antes de empezar a dibujar sus esquinas y encender sus faroles, llegó el profe (un “Pro” de la “Fe”, un profesional en el arte de trasmitir y profesar hacia adelante), un amigo, que quizás nunca lea esto pero que no le va a hacer falta, porque estuvo ahí; al igual que Scarponi y Jarret, compañeros de esta revista, que aparecieron de la nada, para como siempre, ser autores y personajes de este relato ficticio que tiene forma de días y noches y tiene un fondo claroscuro, real e impreciso capaz de destruir el cascarón de la forma anteriormente dicha y reconstruirla tantas veces como poetas hay en el mundo. Mientras los Jagüeles abrían sus ventanas y construían un túnel a base de sonidos, volví a la cocina. Ramsés estaba sólo, leyendo en voz baja, agarré el bajo y me senté a repasar las notas, Ramsés alzaba la voz lentamente, el bajo seguía sonando sordo y se perdía en la poesía, ese momento irrepetible transcurrió rápidamente con un bajo que disparaba palabras y un Ramsés que disparaba notas, sin interrumpirnos, sin hablarnos.

     Llego el turno de Nahuel en el escenario y la banda fue poco a poco acomodándose. Como todo venía sucediendo, comenzamos a tocar sin saber bien qué pero como si hubiésemos tocado siempre juntos, como si esa noche ya hubiese pasado muchas veces, como si yo conociera la voz de la inconfundible guitarra de Bruno y los latidos de la batería de Ailén. Scarponi se acercó a mí, para ofrecerme un trago, y le pregunté por el sonido, a lo que respondió: “No sé como sale el sonido, pero sí estoy seguro de una cosa, lo que acaban de improvisar con Ailén y el guitarrista, sin duda va a ser lo mejor de la noche”. Por fin Nahuel dio su concierto con la naturalidad, que aprendí, lo caracteriza. Y todo marchó bien porque no existía la posibilidad de otro resultado, porque lo que sea iba a estar bien, porque para eso estábamos ahí, para hacer lo que mejor sabemos hacer, vivir la noche de un Sábado helado en Bahía Blanca como si viviéramos en un aeropuerto.

     Por fin, llegado el momento adecuado, La gota en el ojo cerró la noche con la potencia justa como para hacernos despegar y aterrizar luego en otro lugar. Esa nueva escala sería Bar Bat, y el piloto de nuestro vuelo era un tachero de otra dimensión, que parecía especialmente enviado para esa noche, venía escuchando ACDC y de inmediato, Jarret, el hombre de la memoria infinita, recayó en que era el recital de la Argentina. El hombre nos contó que había presenciado ese recital, y que también había tenido el gusto de ver a los Stones, él era también de Buenos Aires, pero no pudimos saber cómo fue que desembocó en esta ciudad, a la que definió como un lugar lleno de prejuicios, epíteto con el cual nosotros estuvimos plenamente de acuerdo, por supuesto a excepción de esos lugares oscuros, sucios que dan vida a estas tierras.

     Una vez aterrizados en el bar, nos encontramos con el Ruso y Misa, en el momento exacto en que nos bajábamos del taxi e íbamos a ingresar todos al Bar, era una nueva señal, el reloj universal, el del destino, que quizás nos estaba faltando en los ensayos y en la parte técnica de la futura banda, pero que no fallaba en el aura del grupo. Terminamos como todas las noches, tomando una cerveza y hablando de si fue más grande Dalí o John Lennon, de Sartre, del libre albedrío, de si la esencia precede a la existencia, del positivismo científico, de la cultura Beatnik, de Kerouac, de grandes bajistas, de The Strokes, de los Pepers, de si el Fondo o la Forma; todo ello, para no olvidarnos de que todos estábamos ahí, juntos, en el mismo lugar y al mismo tiempo, construyendo y dándole un sentido auténtico a nuestra existencia.


By Tom Sawyer (T.G.) y Nicolás Alejandro Scarponi (F.M.)

Otras publicaciones de los mismos autores: #TomSawyerTG y #NicolásAlejandroScarponiFM

Imagen: Andy Warhol en la Factory

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