Ceci n’ est pas une merde (Escusarte)

    Alguna vez Marcel Duchamp con modos un tanto bromistas generó con un mingitorio una revolución en el arte del siglo XX y con ello un azote al racionalismo predominante del siglo anterior. Hace ya algunos años, con un colosal inodoro de 35 metros de alto, construido con el más fino mármol, se ornamentó el incipiente siglo XXI.

    Así como la torre Eiffel permitió ver desde las alturas a la bella París y con ella notar la magnificencia del nuevo mundo, quienes crearon esta exuberante obra, procuraron ir aún más allá. No solo podríamos ver desde las alturas, sino que también defecaríamos allí arriba.

    Los creadores dejaron de lado la decimonónica idea de la libertad y fueron tras la liberación. Con esta última se pretendía que el hombre exhiba sin el menor pudor y de manera colectiva, aquellos actos que en otro tiempo hubieran resultado indecorosos. Resultaba un advenimiento de lo verdaderamente nuevo, la transgresión de la transgresión. La extravagante idea, suponía un quiebre, o al menos de ese modo lo planteaban desde los medios de comunicación, donde exponían con florida verba los más grandes defensores de este proyecto.

    Los tiempos transcurren, los valores mutan y con ello, lo que fue revolucionario otrora, deja de serlo después, y lo que es revulsivo, se vuelve blando, languidece y es usado como el más obediente de los esclavos. Solo es cuestión de que alguien vea en ello la posibilidad de obtener regalías como para que un grupo de interesados comience a crear los sueños que deberán soñar las almas ávidas, que por ahí esperan con entusiasmo. Esta base, es sobre la que trabajan las grandes mentes que se encargan de convertir en pasatiempo o divertimento, aquello que alguna vez nació como revolucionario.

    Sin dudas que una obra como la que les describo, demostraba las “bondades” de nuestros tiempos, ya que como pocas otras admitía la posibilidad de interactuar y ser parte de ella, valiéndose de los medios empleados por el arte conceptual de la década de 1960. ¿Cuál era esa manera de ser parteBueno… Como cualquier inodoro en funcionamiento, se utilizaba para dejar los desechos del cuerpo humano. A cambio de ello, el defecador entregaba un pago en dinero como contraprestación.

    Lo peculiar de esta obra es su móvil, esto es, que la defecación se hace de modo masivo, a los ojos de cualquier sujeto que haya pagado el canon requerido por la empresa concesionaria de la obra. El estrambótico lugar se convirtió en una gran atracción turística para los foráneos y en un espacio de visita cotidiana para los locales. El mastodóntico retrete, estaba ubicado en el centro de un predio de 3 hectáreas rodeado por centros comerciales, ubicándose a sus lados varios ascensores que elevaban a los usuarios a la tabla del inodoro, que tenía pequeños compartimentos (con el formato del llamado inodoro turco) en los que cada uno tenía lugar para ubicar su trasero, teniendo a sus costados (sin líneas divisorias mediante) otros tantos defecadores. Gracias a esta regular distribución, podían ubicarse unos trescientos sujetos y realizar sus necesidades con total confort, mientras disfrutaban de una atmósfera de distención, colmada por las risas, permitiéndose luego del acto ver posados detrás de un vallado de seguridad, hacia la taza del inodoro la imponente masa viscosa de todos los excrementos humanos que yacen flotando. Muchos quedaban atónitos cuando veían la potencia de las bombas que hacían el proceso de descarga de agua arrastrando las toneladas de heces allí estancadas. Lo llamativo del caso es que a nadie parecía afectarle el inmundo olor que emanaba de allí. En esas circunstancias es cuando uno logra advertir que las convenciones o los acuerdos masivos tácitos, logran suprimir el instinto biológico o cuando menos terminan por disuadirlo.
Se escuchaban comentarios sobre lo nauseabundo de aquel aroma, empero todo era subestimado a partir del uso de alguna broma, para posteriormente, desacreditar cualquier tipo de cuestionamiento.

    La masividad del fenómeno no tardó en hacerse notar y con ella, el éxito de la empresa se revalidaba a partir de la venta de franquicias y la suba de las cotizaciones de las acciones del emprendimiento en el mercado bursátil. Surgieron en poco tiempo, férreos defensores del lugar. Los más intelectuales, vieron en la obra una revolución arquitectónica que rompía con todos los cánones de esas artes hasta el momento. Existieron quienes preconizaban que el exuberante escusado, importaba la finalización de lo que podría considerarse una “falsa dicotomía entre el arte y el mercado”.

    Las imágenes del lugar eran repetidas una y otra vez y exhibían un clima risueño, distendido, que parecía legitimarlo todo. Llegaron, inclusive, a formarse clubes de fans del lugar. El fenómeno, no conocía límites. Empero, como toda cosa que surja con ímpetu, se ganó sus enemigos. Y no tardaron en aparecer los conservadores que intentaron clausurar al colosal inodoro. De más está decir, que la respuesta de los usuarios fue de total repudio a tal pretensión. Uno de aquellos llegó a encadenarse prometiendo no defecar hasta tanto el grupo conservador no desista de su pedido.

Como se sabe, todo conflicto genera un proceso de identificación de bandos, con los bandos, surge el fanatismo, y con este, es solo cuestión de tiempo para que salga al mercado una línea de productos que satisfaga los deseos de consumo de los potenciales adquirentes. Aún puedo recordar (entre tantos otros productos) uno que parecía ser un tubo de ensayo que se encontraba relleno con unos mililitros de materia fecal, que era vendido como recuerdo del lugar. También se me viene a la memoria, un inodoro pequeño que era vendido como juguete para niños. Qué felices que eran, con algo que en otra ocasión hubiera sido símbolo de desprecio o burla.

    Como todo gran evento tuvo un seguimiento de los medios. Se generaron raudamente programas que iban desde reality shows, a programas de radio y televisión de entretenimientos en donde se entregaban turnos para usar el inodoro por medio de sorteos y juegos. Como en cualquier ámbito del mercado, no tardó en hacerse patente la noción de competencia. Y sobre su base (aunque de modo solapado), se idearon numerosos juegos en los que se coronaba a quien lograra defecar las heces más largas, más gruesas, etc. Buscaban con ello generar nuevos consumidores y revalidar los deseos de utilizar aquel espacio, otorgándole premios en dinero a quien obtenía puestos de privilegio.

Siempre recordaré la transmisión en vivo, que fue reproducida en varios países, del primer sujeto que utilizó el inodoro. Aún recuerdo la cámara apuntando a su esfínter, y al mundo atento a la expulsión de las heces. Sin embargo, nada resultó como se esperaba y el defecador (tal vez producto de la inhibición), solo pudo liberar unas flatulencias a pesar de sus ingentes y reiterados intentos. Más allá de lo frustrado del acto, el usuario se convirtió en un ícono de la cultura popular. Prueba de ello son las remeras que se venden con su ano desnudo y que tienen buena acogida entre los adolescentes.

    En el ABC de todo buen comerciante, debe estar la premisa de exagerar las bondades de lo que se comercia, y omitir o atenuar sus defectos. De más está decir, que los hábiles creadores del inodoro llevaron a cabo la mentada premisa. Lo importante es lograr el convencimiento del consumidor de las buenas dotes del servicio, sin preocuparse tanto por las que podrían considerarse malas. De eso, se sabe, se encargarán aquellos que por sus propios medios buscarán los mejores argumentos para desconocerlas. A modo de ejemplo, viene a mi mente la manera en que se negaron las epidemias que surgían a partir de este tipo de prácticas y que, pese a la advertencia de algunos, escasa (o nula) era la toma de conciencia sobre los perjuicios que la actividad generaba en la sociedad. Fueron conocidos también, los casos de dos sujetos que en estado de embriaguez intentaron defecar por sobre la baranda de protección que bordeaba la tabla del inodoro, terminando ambos por caer en aquel escatológico océano. Se dijo que sus familiares arrojaron sus cenizas en aquel sitio, demostrando que ese era su lugar en el mundo. En los hechos, lo único que varió con aquel penoso evento, fue que el negocio se extendió a grupos de aseguradoras que vendían seguros de vida para todo aquel que pretendía ser usuario del inodoro.

    Todo el mundo parecía anestesiado. El placer anal, terminaba por apaciguar a las fieras y a los corderos. Todo era risa y jolgorio. Desapareció el ya arcaico pudor por descubrir las partes íntimas. Sin embargo, hace solo un par de días, todo terminó en catástrofe. Las bombas de la descarga del escusado terminaron por trabarse, llevando a que el inodoro rebalse, generándose con ello, una descomunal marea escatológica que arrastró a todos los usuarios y las colas de personas que estaban a la espera del servicio. No fue menor el desastre que se generó en las zonas aledañas al predio. Las pérdidas fueron exorbitantes.

    Cientos de muertes se contaron y el comentario de las epidemias no pudo callarse más. El mundo habló y hablará de todo esto. Veremos cuánto lograrán esas palabras cambiarlo.

By Jaime Jarret

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