Amar y escribir de verdad, es como dormir y estar despierto (Un relato de Augusto Morelli)

“8: Escribe lo que quieras desde la profundidad de

tu mente. 28: Compone de forma salvaje, indisciplinada,

pura, desde lo interior, cuanto más loco mejor”.

Las máximas de la prosa moderna – Jack Kerouac

    Sonó el teléfono y desperté. Entonces dejé de escribir, “este manuscrito es excelente”, pensé. Me volví a dormir. Comencé a escribir nuevamente. No sabía exactamente de dónde venía, ni de qué se trataba todo aquello, pero era excelso y seguía escribiendo. Esas palabras que salían de mí, no me pertenecían, tampoco esa estética, menos aún dicha forma de tratar el lenguaje. Nada de eso era mío, pero no importaba, porque era yo quien las escribía y mientras era yo quien las escribía, de a poco me iba haciendo dueño de las palabras.

    Y si realmente eran mías… entonces ¿cuál era el motivo de preocupación que me invadía desde un lugar imperceptible? Muy allá en el fondo sabía que no me pertenecían, pero todo aquello que salía de mí era auténtico, venía desde el interior, eran palabras totalmente verdaderas. Alguna vez García Moreno planteó la idea de que “un amor real es como dormir y estar despierto”, entonces ineludiblemente, quizás escribir de verdad, al igual que el amor, no sea más que dormir y estar despierto.

    Escribía de verdad, porque se trataba de una escritura que nacía desde el inconsciente, era auténtica, en los términos en que la concebían los surrealistas y los beats. Una escritura sin revisiones, sin mentiras, sin traiciones, una escritura sin censura de las ideas más primitivas y sinceras, tendiente a eliminar verdaderamente todo pensamiento racional.

    -No escribís desde el inconsciente, no existe tal cosa- me dijo de repente una voz-.

    -Entonces explícame de dónde sale todo esto- contesté-. Porque de alguna extraña manera puedo escribir, pensar, escucharte a vos en mi mente y… ¿Cómo puedo hacer todo al mismo tiempo?

    La voz se calló.

    Lo más extraño es que experimentando este tipo de escritura, no necesitaba de papeles, ni lápices o lapiceras, aún menos una máquina de escribir o una fastidiosa computadora. Se trataba de un proceso perfecto, las ideas se imprimían directamente en mi mente, surgían desde un interior oscuro, subían a mi cerebro y a través de un golpe de martillo se incrustaban en mi conciencia. Todo era sin ningún tipo de disciplinamiento, tal y como Cortázar describió alguna vez acerca del proceso de nacimiento de un cuento, estas palabras que escribía, habían comenzado a caminar y las sentía desde algún lado. De alguna manera, ya estaban escritas, lo que necesitaban era convertirse en idioma y ese entonces era mi trabajo.

    -No imprimís tus ideas en la mente, ya te vas arrepentir- dijo aquella extraña voz nuevamente-.

    -Callate, dejame do… escribir en paz- exclamé-.

    Seguí escribiendo, las palabras seguían fluyendo, fluían como livianos papeles aventados por una suave y fresca brisa, a mi lado mientras escribía, Celina dormía en la cama.

    Sonó el timbre. Desperté. Y cuando desperté –como hacía ya largos meses- Celina no estaba en mi cama. En la mesa de luz, aún reposaba un cenicero con un cigarrillo a medio fumar, una botella de escocés y una taza de café –con algo de café frío-. Tomé un sorbo. Volví a escupirlo a la taza. Desperté y al despertar aquella perfección que escribía en mi mente se había ido. Esa voz estúpida que me hablaba, tenía razón, ¡me iba a arrepentir! Todo lo que escribía, no era impreso en mi mente. ¡Ingenuo! ¿Cómo podía ser eso posible? Sonó nuevamente el timbre. No importaba quién diablos fuese, seguramente no era Celina queriendo volver a mi cama, tampoco sería el cartero que venía a entregarme aquella obra maestra que había escrito en sueños. Quizás era Marla o alguna mujer –que a diferencia de Celina, si quería volver a mi cama-.

    Esta cuestión de escribir mientras dormía, iba a enloquecerme. De más está decir que no era la primera vez que me sucedía, tampoco se trataba de un episodio aislado, era algo que pasaba constantemente. Después de largas crisis creativas o períodos de sólo escribir basura, era cuestión de apoyar la cabeza en la almohada para empezar a escribir una obra maestra –creanme que del hecho de concebir un gran escrito era cien por cien consciente a pesar de estar dormido- para luego perderla. Si es posible concebir un inconsciente colectivo, tal y como lo planteaba Jung, entonces quizá existiría un hombre que estaría haciendo una gran carrera con todo aquello que yo escribía en sueños. Sea cuál sea el lugar al que iban todas mis ideas, de algo no tenía dudas, quién recibiera esas ideas podría llegar a ser el escritor más destacado, prolífero y radical del último siglo, sin dudas superaría ampliamente a cualquiera de estos días. Pero por sobre todas las cosas del mundo, me superaría a mí. Por un lado estaba yo (porque de alguna manera era yo) escribiendo obras maestras en mi inconsciente (o como prefieran llamarlo), mientras que en la vigilia, yo no era más que un absoluto fracaso, un patético proyecto de escritor, el hazme reír y la burla del mundo literario. Todo eso sin que ellos sepan, claro, el ridículo asunto que me perseguía relacionado al hecho de escribir grandes cosas dormido, para luego no recordarlas, si conocieran ese detalle entonces me buscarían para premiarme con el premio al idiota del siglo.

    Tal vez Whitman estuvo en lo cierto, alguna vez cuando dijo: “para tener grandes poetas necesitamos grandes públicos”, y entonces, yo no soy un mal escritor en verdad, en todo caso ustedes son malos lectores y no comprenden mi obra. Porque en verdad no soy pésimo escribiendo, sólo soy pésimo a la hora de vender un libro. El día que logre encontrar la fórmula para escribir como escribo en sueños, entonces ese día la cosa se invertirá, y quizás entonces, quien haya estado en lo cierto fue Bukowski al decir: “para tener grandes públicos necesitamos grandes poetas”, y no seas vos un mal lector en este momento y por el contrario en verdad sea yo el mal escritor. Quizás seas vos el gran lector, y cuando llegue el día en que puedas leer las líneas que construyo en sueños, podrás decir, que yo soy un gran poeta.

    Sonó el timbre por tercera vez. Me dirigí hacia la puerta y finalmente atendí.

    -¿Sr. Morelli?- preguntó el hombre parado en el umbral.

    -Sí- contesté.

-Le envían todo este material que es de su pertenencia y ha estado llegando por equivocación a la casa de la familia Iraola en Santa Fé, han presentado una queja formal, por la cual ya no están dispuestos a recibir este material, de continuar con esta práctica será demandado.

Se me escaparon unas palabras de la boca: “James Chase ha pasado de moda, por suerte existen los burgueses ignorantes, y algunos de ellos y sin darse cuenta, incluso, son gentiles”, dije.

-¿Cómo dice señor?

-Nada no dije nada. Deje todas las cajas ahí, en seguida las entro.


By Augusto Morelli– (F.M.)

Otras publicaciones del mismo autor: #‎AugustoMorelliFM‬

Imagen: La Ciencia de los Sueños – Michel Gondry (2006)

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