Lo bello siempre es lo preciso

    Según él, volvió a eso de las dos de la mañana a su casa tambaleando y muy de vez en cuando dando tumbos contra las paredes de las calles de Croisset. Despotricando contra la cólera de Aquiles y la vuelta de Odiseo al extremo de dejar caer la baba por entre la barba sucia, bebiendo del pico de la botella de ron que se había robado del bar que abandono por culpa de sus colegas necios y conservadores. Me relato con detalles aquel regreso apurado de la misma forma en que detallaba todo lo que lo rodeaba, era admirable con la exactitud que Gustavo podía describir una imagen sin ningún tipo de interrupción metafórica que esconda la realidad, porque ese era su estilo de vida. Esa noche yo volvía de dar un paseo con María y, luego de dejarla en su casa lo encontré parado en el umbral de su hogar.

     -¿Qué haces Gustavo?-

    -observo- me respondió agitado, furioso. Estaba, según me contó, después con más claridad, observando con su aguda visión de cazador experimentado cada recoveco de su hogar desde el umbral de su puerta. Me asome por encima de su hombro con olor a alcohol y pude ver su sala de estar con sus muebles acomodados milimétricamente, con una pulcritud que contrastaba con el propio Gustavo.

    -¿Qué buscas?-

    -un libro- dijo sin mirarme, sin dejar de buscar a penas moviendo sus ojos de un lado a otro- mi libro, para demostrarle a esos idiotas que no todo tiempo pasado fue mejor-

    -Déjame que te ayude- Entramos y él comenzó a revolver sus cosas mientras yo me quede parado sin saber bien que hacer más que oírlo murmurar cosas indescifrables. Alguna vez me habló de su libro. Se trataba de una novela que, según él, había cambiado la historia de la literatura sin tener que usar un lenguaje poético, porque Gustavo decía que los artificios son para los magos y los alquimistas, y ninguno de los dos existen, sino que son el artificio de alguien más, y él no quería caer en esa rueda de mentiras, las palabras tienen un solo significado. Sin embargo, en nuestro pequeño círculo de amigos y/o conocidos, siempre se lo tomo por un loco que no podía aceptar la realidad, incluso, mi querido lector ideal, yo mismo llegué a pensarlo y hasta se lo comente preocupado, a lo que él siempre respondía: ¿Qué no acepto la realidad?, ¿justo yo que talle una novela perfecta basada únicamente en la realidad yendo en contra de toda poética? Dejálos Jorge, prefiero ser un loco, los locos andan seguros y livianos. Loco o no, algo no andaba del todo bien con mi amigo. Era, como bien escribí años más tarde en unos de mis libros de ensayos, como si existieran dos Gustavos, el borracho al que la baba le cae sin vergüenza y el exacto, aquel que busca la perfección hasta en la curva de la esquina. Volviendo a la noche en que lo encontré buscando su libro, sepan que no pude contener la pregunta que nadie se le animo a hacer por miedo a la respuesta.

    -Gustavo- dije revolviendo los cajones de la cocina casi sin sentido- si encontramos tu libro ¿me lo prestas para leerlo?- en ese momento lo mire para ver su reacción y contemple casi como a través de una película como sonreía.

    -pero claro Jorgito- de repente era un hombre débil, sensible y feliz, Se acerco a mí y me abrazo- si vos sos el único que siempre me cree. Hacemos así: En cuanto lo encuentre voy corriendo al bar, le leo unos cuantos párrafos a esos mediocres y después te lo llevo, ¿te parece?- asentí- Bueno, ahora anda a tu casa que es tarde, ya me ayudaste mucho-

    Salí de la casa con los muebles milimétricamente acomodados oyendo gritar a Gustavo otra vez en contra de la cólera de Aquiles y la vuelta de Odiseo y no pude contener una risa amistosa, porque lo quería al loco, porque en cierto modo, lo admiraba. Esa fue la última vez que lo vi aunque si pude leer su libro. Me lo envió por correo y me llegó un día después de que se suicido. Fue difícil (y aún lo es) entender si todo el tiempo Gustavo nos estuvo tomando el pelo o estaba realmente loco, también me planteo el hecho de si importa o no saberlo ya que disfrute los momentos que pase con él y hasta creo que su vida fue, en contra de lo que a él le gustaría, poética. El libro que me envió tenía una dedicatoria en la primera página que decía: “Jorgito: como bien vos trataste de hacerme entender iluminando mi oscuridad con la luz de tu corazón, no talle ninguna novela, ni siquiera (aunque te juro Jorgito que era todo tan real) caminé nunca por las calles de Croisset. He vivido el artificio contra el que siempre fui en contra, equivoqué la realidad aunque defendí su concepto a capa y espada, no me queda otra salida más que, como la protagonista de éste libro, dignificarme. Jorgito, gracias. Tuyo. Gustavo.

    De más está decir que el libro que recibí aquella tarde luego de enterarme de su muerte, era Madame Bovary, sin embargo, lo fantástico de este personaje oriundo de Florida, es que fue el autor y el crítico literario de su propia vida.

By Sawyer

Imagen: L’ Apollonide – Bertrand Bonello (2011)

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