Que dulce hubiese sido tenerte dentro (La Alumna – La Monja Distraída)

La Alumna

   Cuando mi hermana, dos años mayor que yo, comenzó el secundario me contaba muy entusiasmada sobre su profesor de Filosofía. Me decía que sus clases eran las que más le gustaban. Esperaba sus horas con muchas ganas, y cuando volvía de la escuela, le pedía que me cuente como había sido, que habían hecho, si habían leído algo o si les había propuesto hacer un debate, en fin… quería saber sobre él, su clase, como era, moría por conocerlo y estar en su aula, ser su alumna.

     Cuando pasé al secundario, no veía la hora de tener su materia y conocerlo. Y el día llegó, era mi momento de verlo personalmente. Me acuerdo cuando entró a la clase, con su bolsito hippie, su pelo medio enrulado y despeinado, un poco más alto que yo, su perfume que invadió todo el aire del aula, y su voz… su voz de hombre, gruesa y decidida. Era perfecto, tal como me gustaban los hombres y lo que esperaba de ellos.

    A mis 15 años, tenía bastante decidido lo que esperaba del sexo opuesto, y él encajaba a la perfección. Doce años mayor que yo, pero no me importaba y a él tampoco. Con cada día que pasaba nuestra relación iba creciendo, de ser una alumna pasé a ser una amiga y a mí me encantaba, sabía que ese vínculo que se estaba formando entre nosotros no se estaba formando con nadie más. Entendía que era algo especial, y si, ya éramos “nosotros”.

   Nos empezamos a ver fuera del ámbito escolar, nos encontrábamos en alguna plaza, o nos juntábamos a ver una película, siempre en secreto, nadie podía saber de lo nuestro. Cada vez que nos veíamos me decía “es secreto, nadie puede saber de esto, de nosotros”. Me molestaba que lo diga, pero le contestaba siempre lo mismo “ya sé, nadie lo va a saber”.

    Siempre tenía ganas de verlo y nunca era suficiente el tiempo que pasábamos juntos, me quedaba con ganas de más, ganas de él. Sus besos me derretían, despertaban en mí a la mujer que llevaba dentro. Podía sentir como cada parte de mi cuerpo se encendía cuando él me besaba, cuando me tocaba con sus grandes manos, suaves y fuertes. La adrenalina que me corría por todo el cuerpo me hacía temblar, no lo podía controlar.

    Nos deseábamos, lo sabíamos, pero nunca encontrábamos el momento para estar solos. Teníamos que conformarnos con los besos en secreto, las caricias a escondidas. Estaba totalmente enamorada, bobamente enamorada de él.

    Todavía me pregunto qué hubiera pasado con nosotros si hubiéramos tenido ese momento a solas, donde seguramente me dejaría llevar por los besos, las caricias, por el calor de nuestros cuerpos juntos, hasta terminar totalmente rendida a sus pies para ser completamente suya. Pero supongo que nunca lo sabré, siempre quedará esa duda, ese círculo abierto… abierto como quedó mi corazón para él.

    Lo único que pienso es… que dulce hubiera sido tenerte dentro.

Isabel

La Monja Distraída

    Lo conocí en la escuela, yo tenía apenas 12 años. Lo miraba y no me decía nada, aun siendo mi novio no me decía nada, pasaron los meses y acepté que me volaba la sien, con tan sólo escucharlo mi mundo caía, su voz me volvía débil, con su voz yo estaba entregada a él. Le grité que lo amaba y desde ese día se volvió el hombre de mi vida. Me besaba y mi cuerpo se volvía fuego, sentía el corazón galopar en mi pecho, ya no era la niña que él había enamorado, después de cinco años de amarlo, la mayoría en silencio, debido a que tenía prohibido verlo, tenía prohibido amarlo, me estaban entrenando para ser la monja de la familia. Resultó que esta monja estaba distraída y locamente enamorada de un rebelde sin causa, de cabello castaño claro, ojos color café, pecas y lunares en cada parte, cada rincón de su cuerpo escultural, perfecto, firme, con sus bíceps, tríceps, cuádriceps y abdominales bien definidos, amaba cada parte de él. Ni hablemos de lo que sentía cada vez que me abrazaba con sus brazos fuertes y besaba mi cuello contra la pared de alguna esquina, esos besos apasionados despertaban hasta los muertos, con sólo besarme me hacía regocijar de placer.
Aún recuerdo aquella tarde en su habitación, él recostado sobre mí, nuestra piel tocándose, rozándonos, sus labios, no logro olvidar el sonido de su respiración, agitada, besándome hasta el alma, invitándome a ser suya, y no, lo rechacé, por algún miedo idiota de volverme su mujer hasta el último de mis días, no acepté. Desde ese día comencé a pensar en el por qué de las cosas, debí haber sido suya, en cuerpo y alma, tendría que haber sido la puta de su vida, una mujer insaciable, que lo hiciera sudar, explotar de placer, cada noche, cada mañana, cada segundo de su vida, y no, tuve que ser una monja distraída lamentándose el resto de su vida por no permitirle entrar en sí, no le permití a Leonel estar dentro de mí, no sólo figurativamente, sino también literalmente.

    ¡Ay Leo! Hoy no sé qué nombre ponerle a este sentimiento, no sé cómo llamarlo, no sé, sí todavía te amo, te extraño o son estas ganas que tengo de ti; contigo me quedó una deuda, quizá sí hubiese sido tuya, hoy no sentiría nada, o todo, contigo no completé este ciclo en mi vida, que te tiene atrapado en mí, no logré, ni logro cerrar la historia, has quedado inconcluso, pendiente, y sí la vida a de ser grata, confío que algún día nos va a volver a unir y seré tú mujer fatal, o la fiera con la que has soñado toda tú vida, seré tú aprendiz, o tú maestra.

    Hasta entonces seré, tú eterna monja distraída.

Amaralina.

PD: Que dulce hubiese sido tenerte dentro.

La Alumna: By Isabel

La Monja Distraída: By Amaralina

Imagen: Lolita – Adrian Lyne (1997)

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