Llórame todo un río (Un relato de Nicolás A. Scarponi)

“Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!”   

“Llorar a lágrima viva” – Oliverio Girondo

    (Se aconseja antes de leer el relato, darle play a la canción adjuntada aquí abajo)

   

     Llorar y llorar, ése era el sentimiento que nos unía, a ella desde el escenario, y a mí mientras bebía en mi soledad desde la oscura esquina de un café concierto. Ella era Julieta, pero yo no era ningún Romeo; tampoco ella era la Julieta de William Shakespeare, por empezar, porque ella habitaba conmigo el planeta durante el siglo XX, además era una joven norteamericana nacida en California y no moraba en ninguna ciudad de Verona. Julieta, belleza pin-up, era el sueño de la vida del poeta, era todas las mujeres en una, sus hermosos senos eran senos de actriz, de cantante, de madre, de esposa, de amante. Y frente a todo eso, yo lloraba, lloraba la digestión, lloraba ante puertas y puertos, lloraba amabilidad y lloraba amarillo. Ella, por supuesto, ya no lloraba, ya había llorado demasiado, había llorado todo un río de lágrimas, quizás por un hombre. Ella había llorado lo suficiente y ahora le pedía a ese hombre que llore por ella. Y de alguna forma tomé ese pedido a título personal, había algo en ella que me invitaba a llorar nuevamente, a llorar por ella un río de lágrimas, cumplir la penitencia que quizás ese estúpido hombre (quien creía que el amor era algo plebeyo), nunca cumpliría. Y ella al pie del micrófono y con su dulce voz me invitaba a llorar. Y ya no sólo era llorar en cumpleaños de familia, o en el África, ahora también lloraba en medio de un show de jazz vocal en Nueva York; el llanto es como el jazz, en ambos se improvisa, en ambos uno se viste de frac. Tanto el jazz como el llanto atraviesan el insomnio y viven todo el día.

     Julie London era asombrosa, y esa noche me enamoré perdidamente de su ser, ya no sólo me invitaba a llorar, ahora me pedía que la lleve a la Luna, que la deje jugar entre las estrellas, ella deseaba ver cómo era la primavera en Marte y en Júpiter (yo nunca había deseado tanto algo en el mundo, más que poder chocar su planeta con el mío, ser dos cuerpos celestes, polvo cósmico unido en un solo cuerpo dando origen así a un nuevo planeta), y ahora ella quería que la deje cantar para siempre (mi deseo de permanecer eternamente en ese lugar cada vez era más intenso), ella me pedía que le sujete la mano, y luego me pedía que la besara, pedía que sea sincero, porque también me amaba ¿pero quién es Oliverio, al lado de semejante sublimidad de mujer? No puedo merecerla, sólo soy un viejo poeta ¿cómo podría ser yo sincero? Sólo me queda llorar, llorar un río, y quizás pueda probarle, así, algún día, mi amor. Entonces sí volaremos hacia la Luna, porque ella es la mujer que vuela, finalmente hoy vuelvo a encontrarla pero no me animo a despegar los pies de la Tierra.  Mejor así, estemos lejos, estemos lejos otra vez; vos brillando con tus melancólicos acordes en el escenario, y yo en la oscuridad del café, mientras se entibia el último escocés y escribo estas palabras; mejor así, estemos lejos, evitame sentir nuevamente cómo la ilusión de tener tu amor se cae a pedazos como un edificio en terremoto, y yo, como siempre bajo la oscuridad de los escombros.


By Nicolás Alejandro Scarponi – (F.M.)

Otras publicaciones del mismo autor: #NicolásAlejandroScarponiFM

Imagen: Julie London performance – Revista Life

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