El Globo Blanco (Badkonak-e Sefid) – Una película de Jafar Panahi (1995

    Me decidí por esta película, casi como fruto de una casualidad, vi por allí un listado de películas que uno debe ver a los 14 años, edad que he superado hace tiempo, pero que como propuesta no dejaba de ser atractiva. Cuando me adentré en detalles del globo blanco, advertí, que había sido realizada por el alumno predilecto de Abbas Kiarostami, de quien tuve la oportunidad de ver, dos enormes obras, “El sabor de las cerezas” y “El viento nos llevará”, siendo ambas parte de mi incipiente contacto con el cine iraní, y que me daban, con este hecho, indicio de que me encontraría con una obra de calidad. Evidentemente, puedo sostener hoy que no me he equivocado, ya que la película es excelente. Es un dato de no poca relevancia tener en cuenta el detalle de la nacionalidad de la cinta en cuestión. Por estas latitudes, no es demasiada la información que le llega al hombre promedio (lastimosamente) sobre estos países, más allá de algún dato atinente a la existencia de una guerra o bien asociándoselo con situaciones de terrorismo, lo que en ocasiones, para aquellas personas que no han incursionado en este tipo de películas, suelen presentarse con cierta reticencia, seguramente, por advertir una lejanía cultural entre nuestra sociedad y la de medio oriente. Sin embargo, es bueno que tengan presente que el buen arte no tiene como condición sine qua non haber surgido de tal o cuál topografía, y que hay determinados temas que son perennes y universales y van más allá de las distancias, situación que sólo se apreciará una vez culminado el visionado, siendo sin lugar a dudas capaz de satisfacer al más variado público.

    Jafar Panahi, el director, nos presentaba con esta cinta el primer largometraje de lo que sería a la postre una carrera destacadísima y atiborrada de elogios desde todos los lugares del globo. Empero, el cine realista que propone no suele ser bien visto por los gobiernos de turno en su Irán natal, quienes suelen perseguir a las personas que deciden ser artistas y poseen las condiciones como para serlo, tomándose con seriedad el rol que poseen en su ámbito, y que intentan desde su lugar la proeza de sacarnos del letargo en el que solemos estar día a día, inmersos en los constructos de poder en los que nos ha tocado nacer. Esta misión que, como pocos, Panahi ha llevado adelante, le ha costado en más de una ocasión la sanción por parte de los magistrados de su país, siendo en la actualidad, privado de su libertad y recayéndole una inhabilitación para hacer cine por un lapso de 20 años, condena que cumple desde diciembre de 2010. Podemos advertir algún parentesco con los lineamientos del movimiento neorrealista italiano en el móvil del autor para concretar la realización de la película, saliendo a las calles con su cámara para exponer la realidad de los conciudadanos, sin necesidad de acudir a grandes presupuestos, y valiéndose para ello de actores no profesionales. Estéticamente, puede notarse la influencia del maestro Abbas Kiarostami (quién dicho sea de paso, fue guionista en la película sobre la que reseño), el cual nos presenta su obra con un tono más lírico y si se quiere elíptico. Probablemente Panahi, con finalidades equivalentes a las de Kiarostami, prefiere la utilización de un mensaje más directo a la hora de exponer su narración, siendo tanto en uno como en el otro caso resultados de altísimo nivel. La película se nos presenta con un ritmo que invita al espectador a la reflexión, dejando espacios sin la intervención verbal de los personajes permitiendo que podamos ir construyendo nuestro significado plano a plano y demostrándose con ello la capacidad de una mente destacada para la expresión de ideas por el uso de la imagen. El argumento se plantea de modo sencillo, casi como alguna vez se suele tomar a la vida y los problemas del otro cuando no son vividos por uno mismo. La protagonista principal, una niña de 7 años que de manera algo obstinada procura obtener un pez, que sería más bonito que los que hasta el momento posee en su estanque, luego de reiteradas negativas por parte de su madre conseguirá su objetivo.

    Previo a ello, Razie intentará varios modos de persuasión como entregar regalos futuros, intercambio de favores con su hermano Allí, etc, siendo finalmente éste quien logra la tan esperada concesión por parte de la progenitora. Saliéndose la niña con la suya y encarando el reto de conocer el mundo exterior, el cual puede presentarse con cierta hostilidad. Sobre esta base se construirá esta maravillosa historia. Es importante elucidar aquí la maestría para describir en pocos minutos la situación de la mujer en Irán, sin acudir a escenas de violencia explícita y/o discusiones. La autoridad paterna se construye desde meras intervenciones sin avistarse físicamente en ningún momento. No podía salir del asombro al ver la alteridad con que Kiarostami realizaba su impecable descripción del modo en que los sucesos se presentan a los sentidos de los niños, lo que es llevado al plano con no menos perfección por Panahi, a partir de su maestría en el manejo de los actores para conseguir de los infantes unas performances memorables. Es de gran importancia destacar esta característica no siempre valorada que poseen los niños, que se deja en claro en un pasaje de la historia y es la curiosidad de la niña, esa curiosidad innata que por diferentes motivos una vez adultos muchos la perdemos, tal vez porque en nuestros intentos por descubrir nos toparon, tal y como le pasó a Razie, con los encantadores de serpientes y con consejos semejantes a los de la señora mayor, que coartan esa condición humana. Y a partir de allí nos volvemos más cómodos, y menos predispuestos a nuestra realización personal. Es posible que esa escena ponga en evidencia el porqué de muchas de las dificultades en nuestra existencia como seres humanos y el porqué de muchas conductas difíciles de explicar.

    Creo que si un calificativo describe la película es la sutileza. Se debe ser muy sutil para poder brindar un producto como el Globo Blanco, debiendo tener una capacidad admirable para evadirse de las restricciones del sistema jurídico de su país y aun así, que su mensaje prevalezca intacto. Se requiere gracilidad para que una película pueda mantenerse al margen de la violencia explícita y, aun así, que esta sea perceptible en una cultura donde los roles de la familia están marcados a fuego bajo rígidas costumbres. Sírvase para explicar este punto lo mentado en párrafos previos respecto a la figura paterna, de quien podemos presumir cómo era su trato para con los de su núcleo familiar con la sola muestra de las marcas en el rostro de Alí. Ésto es sólo un dejo de lo que puede realizar un director con una sólida narrativa y que dispone de los recursos para generar una obra que sea accesible a todo público, pero que a pesar de ello, éste último pueda irse con un contenido, algo que hoy en día no sobra en el cine. Qué decir de las actuaciones de los niños que no haya dicho someramente hasta aquí. Tanto Razie como Alí tienen la capacidad de recrearnos con sólo unos primeros planos seleccionados por Panahi, el abanico de emociones y la volubilidad en que ellas varían cuando somos niños, de la felicidad a las lágrimas, en el más efímero de los instantes. El temor por la sanción, el no dialogar con extraños, la persistencia frente al regaño del vendedor de camisas, el desamparo cuando la señora deja a la niña nuevamente a su suerte, la incertidumbre frente al especulador comerciante, el cual nos deja la misma duda que a Razie sobre si realmente hubo una variación en el precio del tan esperado pez de colores, por fuera de lo ya ofertado. Considero que todos hemos pasado por esas circunstancias alguna vez y nos sentimos representados por esos 80 minutos, una duración de pequeño plazo pero enorme en cuanto a sus ambiciones, apareciendo esto como una analogía de la cualidades de los pequeños intérpretes en cuanto a su estatura, pero enormes en cuanto a sus deseos y su firmeza para alcanzarlos. En mi opinión, hay una escena que describe como pocas la totalidad de la idea de la película y es aquella en que la niña pacta la compra, mostrándose desconfiada sobre el pez que se le estaba ofertando, al punto de sospechar que no hubiera sido ese el pez que realmente se le había ofrecido. En ese momento, Razie le manifiesta al comerciante que ese no era el pez que ella había visto, a lo que aquel respondió que todo tiene que ver desde el punto de vista en que te posiciones, llevando la pecera a la altura de sus ojos y exigiendo que la niña por su menor estatura vea el pez desde abajo, perspectiva desde la cual podría verse el pez como de mayor valía.

    Son varias las visiones que uno puede darle al relato, entre ellas la de la falta de comprensión de los adultos hacia los niños en el sentido de que nos olvidamos que alguna vez también lo fuimos y tratamos a sus problemas y angustias como el prisma de nuestra edad, interpretación que puede inferirse claramente de la conducta de los encantadores de serpientes que practican un juego con una serpiente, llevándola incluso a las lágrimas; la mujer mayor, que en un comienzo se mostró bondadosa haciéndose cargo del problema de Razie, pero que finalmente desiste y se va, como queriendo mostrar las limitaciones que tienen las mujeres en la sociedad iraní; esto sólo le dejó como legado el miedo por el sector de los encantadores de serpientes, símbolo de lo prohibido y del prejuicio hacía determinados sectores. Sería ocioso seguir describiendo la escena y su intencionalidad, solo me referiré a ésta como una muestra más del genio de los cineastas iraníes para dar una estocada al vientre de la injusticia e inequidad social a la que están sometidos algunos (en este caso las mujeres y los mendigos) en su sociedad. Otra posibilidad sería la de creer que la película se enfoca en describir lo ínfimo que es el sentimiento de la felicidad, la cual surge a partir de la propuesta de objetivos y las vías que seleccionamos para lograrlos. Pensar el relato de este modo implicaría poner en imagen lo efímera que es la felicidad en nuestras vidas y que ella sólo viene a momentos y con base en el obrar nuestro, por nosotros y por otros. Como postal de tal descripción se muestra al niño afgano vendedor de globos quedándose solo y culminando así su momento de felicidad tras haber ayudado en el recupero del tan deseado billete, mientras los hermanos corren alegremente a la búsqueda de aquel pez de colores. Sin lugar a dudas es una vía de análisis loable del que se identifica una filosofía y un mensaje. Yo prefiero, de entre varios puntos de análisis, enfocarme en un análisis más político y social de la cuestión. La película me hace recordar a esa frase harto utilizada que reza: “todos llevamos un niño dentro”, lo cual es inobjetable, y como niños que somos, y tal y como ocurrió a lo largo de casi toda la película a excepción del soldado que fue el único que estuvo “a la altura” de las circunstancias, pudiendo interpretar la verdadera necesidad de la niña, esa niña que somos todos día a día en un mundo en el que existe una enorme brecha entre el que posee y el que no. No somos niños cronológicamente hablando, pero sí lo somos frente al poder y frente al mercado, los cuales nos avasallan, nos angustian, nos desamparan, siendo nosotros manipulados tras un bien u otro, sin saber realmente por qué lo deseamos o si realmente ese bien nos servirá de algo o nos enaltecerá como seres humanos. Seguramente para poder alcanzar tal o cuál bien, haremos lo que sea necesario, negociaremos, nos privaremos de privilegios o tiempo libre futuro (tal y como hace Razie con su hermano o con su madre, a la cual le asegura darle los regalos que aun no obtuvo por el año nuevo), todo, y un poco más, para poder pervivir acorde a como dicta un sistema frente al que quedamos inermes como una niña frente a un encantador de serpientes que le arrebató su billete. ¿Acaso no somos día a día niños en medio de la mercadotecnia y nuestras obligaciones para con el estado? ¿Acaso cuando salimos a la calle no nos encontramos desprotegidos y el marcado individualismo en que vamos dirigiendo impide que nadie quiera quedar inmerso en la crisis del otro? ¿Acaso no nos pasa a diario que vemos menospreciar los problemas ajenos tras una burocracia interminable, mientras tanto se está jugando con la salud y las necesidades de seres humanos? Tal vez nosotros también estemos comprando peces de colores y cuando lo estamos por obtener no sea lo que pretendemos, sin embargo, porque el mercado lo impone desde su visión (tal y como lo hace el comerciante), creemos fehacientemente que eso nos aportará algo, pero que en definitiva no surgirá de ningún bien mensurable en dinero. Tal vez la verdadera conclusión sea que todos somos como niños frente a quien tiene más poder que uno.

    Soy de los que creen que una definición de arte, si es que hay manera de lograr tamaño objetivo, debe necesariamente plantear que el arte implica una representación simbólica de la realidad. Para ello el artista se vale de diferentes medios para alcanzar su cometido. A mi modo de ver, esta historia se plantea con unos niños que buscan adquirir un bien, pero ellos funcionan como el símbolo de los seres humanos en general (de su gran mayoría). Siendo los niños seres humanos, sus conductas presentan los mismos caracteres, virtudes y defectos que la de los adultos mayores. Frente al poder y al mercado, somos niños y actuamos sin siquiera hacernos un cuestionamiento de por qué hacemos lo que hacemos. Solo unos pocos, como lo demuestra en la película el soldado, el que podría simbolizar a los artistas (o yendo al caso concreto, a los propios realizadores), son quienes resultan poseedores de la alteridad suficiente como para poder dar cuenta de qué nos pasa día a día y exponerlo contra viento y marea con la más pura de las armas… El arte.

Clickeando en la imagen podrás ver la película.

El Globo Blanco Película

By Jaime Jarret

Imagen: El Globo Blanco – Jafar Panahi (1995)

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