Como un robot de 1984 (Un cuento de Augusto Morelli)

     Era la última noche en Londres, y lo último que había tomado, antes de entrar a la disco y después de varios litros de cerveza, fue una creación química de extasiante sustantividad, de un momento a otro estaba fuera de mí volando a través de las luces de sonidos dispersos e imágenes aisladas, la realidad me era ajena, se había ido. No podía concentrarme en nada, hasta que de repente la vi, era una hembra salvaje, un Big Bang, una explosión, dinamita. De repente toda mi capacidad de concentración -la cual era muy poca, pero a la vez extrema- se centró en ella, dejé caer la cerveza y que se derrame en el suelo, no podía dejar de mirarla menos aun cuando recaí en que ella también estaba mirándome, entonces, estábamos inmersos en el juego; “dejá de mirarme y dejo de mirarte también”, pensé, aunque lo que más me sorprendía era que en el fondo no quería que dejara de hacerlo. Debajo de sus shorts rasgados relucía la dorada piel de sus piernas, piernas delgadas, suaves, piernas que te invitan al deseo infinito de besarlas a través de la noche hasta que el sol penetre por la ventana, sus hombros, también estaban descubiertos, estaban congelados, fríos como hielo, hielo que ante el calor de mi mirada comenzaría a deshacerse; no sabía cuál era su nombre, pero tenía cara de Charlotte, quizás por Gainsbourg, la musa de Lars Von Trier, pero en realidad de todas formas su nombre no era relevante. Me acerqué y le dije: “apuesto a que te ves mejor en la pista de baile“, en el mejor inglés que pudo salir de mí en ese instante. Ella me miró con sorpresa, y luego sonrió. “No sé si estás buscando un romance, o sólo estás pasando el rato”, me dijo, conmigo perdés el tiempo. “Apuesto a que la pista de baile te sienta mejor, bailando electro-pop como un robot hecho en 1984“, insistí. “Sorry, I can’t dance, I came with a friend and she should be alone at this moment”, me contestó en perfecto inglés británico, y en esa perfección se hundía mi deseo.

     Me alejé y compré otra cerveza, de lejos seguía observándola, ella me ignoraba, pero cuando yo bajaba la guardia de repente me buscaba con la mirada, yo quería que dejara de ignorarme porque de a poco comenzaba a desesperar y enloquecer, estaba abstraído, sólo fijaba mi mente y mi voluntad en ella, de repente se acercó nuevamente, la tomé de la cintura y la arrastré a la pista de baile, que me perdone Shakespeare pero en Inglaterra no hay romances, ni Montescos ni Capuletos, al menos por estos días, sólo hay sucias pistas de baile, hembras excepcionales y furtivas, drogas, cerveza –mucha cerveza-, rock & roll y buena música. Será por eso que elegí Londres, no elegí Londres por su niebla: “cuántas nubes, parece que estamos en Londres” ellos solían decir, lo que suscitaba una violenta respuesta en mi interior “no quieras sentirte londinense, sólo estás en una puta ciudad del orto, en el cono sur de la provincia de Buenos Aires, con un poco de niebla tal vez, pero sin el mínimo deseo de vida ni siquiera un destello”. Elegí Londres entre miles de ciudades para morir, se preguntarán ¿quién quiere morir en un lugar en donde en realidad existen deseos de vivir? No podía vivir eternamente en Londres, por ser víctima de mi perpetua alienación a una economía mendiga, pero tampoco era ya factible siquiera considerarlo, y aún menos así lo quería, volver hacia aquella ciudad al sur de Buenos Aires, una ciudad atestada de zombies (de momias en realidad, pero que creían ser zombies), al menos los robots británicos “viven” sus “vidas” como robots. Al fin de cuentas, largos años de vida se resumen tan sólo a momentos restringidos de existencia verdadera, decidí vivir esos instantes, de real y plena existencia en Londres y luego morir, no sin antes, por supuesto, alcanzar el nihilismo absoluto, el estado de equilibrio sólo equiparable con la cálida sensación de estar dentro de una mujer (una mujer que es como un robot hecho en 1984, una mujer que conocí escuchando y bailando los Arctic Monkeys, y que en razón de mi inglés de estibador de puerto tuve que dialogar con ella parafraseando a Turner) así se NACE, así se MUERE.


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Revista Fervor de Bahía Blanca © Todos los derechos reservados.

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Imagen: Stacy Martin, actriz. 

By Augusto Morelli– (F.M.)

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